Se suspendieron las luces, el alumbrado público había caducado, el mirador estaba a oscura insistí en terminar lo que escribía, encendí el celular, tomé mi bolígrafo y comencé a escribir.
Las estrellas me iluminaban parecía una obra de teatro – me cago en la puta – dije en un segundo de pánico, pensé esta es otra idea tonta producida por la esquizofrenia o el demonio de Allan Ginsberg que quiere que recite poemas o alguna oda obscena de secundaria.
A las 9:30 pm el guardia de seguridad lanzó un grito: ¡Dios Santo ayúdame! – me levanté rápidamente para ir a ver lo que sucedía; mientras eso pasaba me susurraba una voz fría detrás de mi espalda: – Detente no vayas aún no es tu día “- ¡joder! – dije inmediatamente – ¿qué quieres que haga por mí? -nada -me respondió, -has algo por ti, toma tus libros, fúmate el habano que traes en el bolso y lárgate, María te espera en la casa de los poetas.
El Mirador