‘El aula, fuente de investigación’**

El recién llegado, con un café igual al que bebía quien, en una mesa contigua leía ‘Los nombres de Feliza’, se sentó, puso su bebida sobre el tablero, al lado del portátil que sacó de su mochila y, tras abrirlo, prenderlo y seleccionar un archivo en Word, comenzó a teclear.
—«¡Sí!, es un escritor o un periodista —se dijo el viejo que leía—. Debe estar escribiendo algo así como una novela, un relato largo o, quizá, un artículo para publicar en alguna parte, por el número de palabras que observo en la barra de estado y la temática expuesta de lo que alcancé a fisgonear».
Cincuenta años de experiencia en las lides de la docencia literaria y su formación profesional inherente le permitieron hacer estas cábalas, amén de la postura corporal y mirada escrutadora del recién llegado, unos seis u ocho años menor que él, aunque algo menos achacado.
—«Este casi setentón, tal vez, ¡no haya pasado por ninguna cirugía ni sufrido tantas amargas experiencias como las mías!» —se dijo mientras le respondía a su sobrina por WhatsApp que, en ese momento, luego de la ceremonia de grados, estaba en aquel centro comercial leyendo y disfrutando su café diario.
—Disculpe, señor, ¿es usted escritor… o algo así? —sin quererse quedar con la intriga el envejecido lector le preguntó al recién llegado.
—Como usted dice, sí, «¡algo así!» —respondió el aludido dejando de escribir para beber un sorbo y ponerle atención al desconocido—. ¿Por qué lo pregunta, señor?
—Gracias, caballero. Soy profesor investigador y acabo de salir de un evento de grados de la Facultad de Ciencia y Tecnología de la Universidad Pedagógica Nacional. Una familiar recibió el título de Magister en Estudios Contemporáneos en Enseñanza de la Biología.
—¡Felicitaciones! ¡Qué interesante! Es profesor e investigador… ¿qué enseña y sobre qué temas investiga, si puedo saber?
—¡Lo hacía!
—Le entendí que era profesor e investigador.
—Por más de cuarenta años ejercí la docencia universitaria y la investigación a partir del aula; como le escuché hace rato a una de las licenciadas que acaba de obtener el mismo título de maestría de mi familiar.
—¿Qué le escuchó a la maestra?

—Aquella docente, recién pensionada y tal vez unos tres años mayor que nosotros, les comentó a sus colegas, todos más jóvenes que ella, que, en su trabajo de grado demostró cómo el aula de clase es una fuente de investigación invaluable para el docente que se lo proponga. Aseveró haberlo plasmado así en su tesis que tituló, sin la memoria no me falla, ‘El bosque seco tropical escenario de vida para la vida’**. Trabajo este elogiado por el coordinador académico de dicha maestría el licenciado Jairo Robles Piñeros***. Hasta les tomé unas fotos. Si gusta se las comparto.
—Estoy de acuerdo con esto de que el aula es una de las fuentes primordiales para la investigación. Pero, volviendo a su caso, profesor, ¿por qué dejó su oficio?
—Porque un decano quisquilloso, recién llegado a la facultad, tal vez por miedo a que algún día yo lo pudiese desbancar de ese cargo burocrático que para nada me interesa, al tener yo muchos más títulos, textos, publicaciones indexadas, por ende: ¡experiencia docente e investigativa pero… esos sí, menos los alcances y contactos politiqueros que él, me cogió entre ojos, me hizo la vida imposible, urdió investigaciones disciplinarías en contra mía, por lo que, faltándome poco para cumplir las semanas para pensión, me hizo destituir e inhabilitar para ejercer la docencia… ¡Fue cuando me infarté y casi me voy para el otro lado! ¡Me han operado tres veces!
—Lo lamento, ¡profesor! ¿Apeló la destitución?
—En eso ando hace cinco años. El problema es la plata para seguirle pagando a los abogados… ya he tenido tres. El actual dice que el proceso está próximo a fallar a favor mío… ojalá sea antes de que estire la pata.
—Estoy seguro de que usted es inocente y ganará la apelación.
—¿Por qué lo dice, si apenas me conoce?
—Soy lector de historias y lo veo en su pupila, postura corporal y halo personal.
—¡Interesante! Pero… ¿qué es lo que lee o ve en mis ojos y aureola?
—Profesor, en el diario de su vida, el cual se asoma a sus ojos y transpira todo su ser, queda en evidencia que usted es un hombre honesto, que dedicó toda su vida a ese bonito, pero duro oficio de la docencia, a ser profesor… lo cual, como me consta, más que un simple oficio, ¡es un verdadero y espinudo reto que, además de ser desagradecido, pocos reconocen tras la nota final o el aprobado de la tesis! Casi todos olvidan a sus maestros
—Estamos de acuerdo en esto de que, ser profesor es más que un oficio desagradecido, a más de todo un reto, no solo hoy, con mayor razón lo será en el futuro. Mire que, precisamente, sobre este tema, lo cual me gustaría que usted o alguien documentara y difundiera por el mundo, el vicerrector académico de la UPC, Bogotá*, hoy, en el discurso del evento de grados que le conté, tocó este tema.
—¡Qué interesante!
—Incluso, mire, me le acerqué a la tarima tras la ceremonia y le pedí una copia… aquí la tengo, por si le interesa.
—Puede ser.
—Sería oportuno hacer de esto alguna reseña. De pasada, como lo deja entrever el vicerrector en alguno de los pasajes del discurso, les advierte a los que quieran ser maestros, a los que ya lo son, serán y, desde luego, a quienes siguen en la jornada diaria en las aulas, no solo de los retos, satisfacciones, responsabilidades y placeres que implica la docencia; también, que estén atentos y eviten, en la medida de lo posible, que en cualquier momento del ejercicio algún decano o directivo inepto y envidioso, de tantos que hay por ahí, se enamore de alguno de ellos y lo saque de nómina… ¡tal y como me pasó!
—¡Sí!, suele pasar, desafortunadamente… y usted sí que lo está padeciendo en carne propia. Me gustaría saber, en esencia, qué otros mensajes hay en esas páginas.
El profesor le facilitó las hojas que el vicerrector leyó esa mañana. Tras hojearlas, ante la mirada escrutadora del menudo y famélico profesor, comentó:
—¡Qué interesante! Como usted dice, profesor, este documento sí que vale la pena ser difundido. Si me lo permite, lo compartiré con alguien para que escriba una reseña y la publique en alguna parte… y, por favor, hágame llegar la foto aquella a mi WhatsApp; en esta tarjeta está mi número.
—Le agradezco, señor, por prestarme atención y hacer lo posible para difundir este mensaje docente. Le enviaré esa y otras fotos.
—Si me lo permite… ¿de qué área del saber fue profesor?
—¡De literatura y otras yerbas para enfermedades similares!
—¡Qué interesante! Déjeme echarle una lectura algo más a fondo a este discurso, por favor. Creo que este encuentro casual, en esta plazoleta de comidas, su historia, junto con estas letras de colofón, bien pueden hacer parte de una columna.
—Bien pueda. Tómese el tiempo que sea necesario…
—Usted que es profesor de literatura, ¿qué título le pondría a un relato que incluya una síntesis de su historia, este encuentro casual y las palabras del vicerrector?
—Me gusta la primera parte del que le puso el licenciado Espinosa Galán a su discurso.
—Se refiere a…
—‘Ser maestro’*, ¡lo dice todo!
—Estamos de acuerdo, gracias, profesor, quedo en deuda con usted.
—Con que escriban algo sobre mi caso y difundan estas palabras es más que suficiente.
—Mientras lo leo con detenimiento, por favor, disfrute su café, no lo deje enfriar.
Durante unos diez minutos el más joven… ¡o menos viejo!, se enfrascó en la lectura del discurso. De vez en cuando soltaba palabras de admiración o gesticulaba de la emoción que le causaba cada frase que leía.
—Interesante y ajustado a las circunstancias que hoy enfrentan los docentes.
—Desde cuando usted llegó y se sentó a mi lado tuve la premonición de que estas palabras, y mi caso injusto de destitución a semanas de mi pensión, harían parte de un escrito que alguien publicará y difundirá.
—Es una promesa. Veré qué puedo hacer, profesor. Sé que alguien algo escribirá y publicará sobre esto.
Días después, al conocer la historia y tener las palabras del vicerrector, decidí que el siguiente relato que publicaría tendría al inicio, además del título resumido que propuso el profesor de literatura, una síntesis de su caso inaudito de destitución en vísperas de su pensión, así como del encuentro casual de aquellos dos viejos desconocidos en la plaza de comidas de un centro comercial cualquiera tomando café; leyendo, uno, escribiendo, el otro. De colofón, como acordaron aquellos, ensamblaría por completo, con su respectivo título, las palabras, más que pertinentes y en versión prosa larga*, que el vicerrector académico de la Universidad Pedagógica UPC, Bogotá, leyó la mañana del 24 de abril de 2026 durante la ceremonia de grado de algunos de los licenciados, magísteres y doctores: ¡maestros! de esta famosa e importante institución de educación superior formadora de pedagogos.
Ser maestros(as) en tiempos de incertidumbre… *
Hoy, quizá como en pocas épocas de la historia, asistimos a una profunda reconfiguración de la vida, del sentido y de las instituciones que antes parecían firmes. Ustedes son hijos e hijas de un tiempo marcado por la incertidumbre, por el miedo y, también, por un cierto cansancio del mundo. Pero en medio de todo ello, hay algo que nos une: ustedes y yo compartimos una misma condición, una misma vocación. Somos maestros.
Cada época ha puesto delante de los maestros desafíos distintos. A ustedes les corresponde uno especialmente exigente: educar en un mundo incierto. Un mundo que ha multiplicado la información, pero que sigue teniendo una necesidad urgente de verdad, de autenticidad. Porque nunca habíamos tenido tanto acceso al conocimiento… y, sin embargo, nunca había sido tan difícil discernir lo verdadero de lo falso, lo justo de lo injusto, lo humano del sufrimiento.
Hay una pregunta que hoy resuena con una mezcla de nostalgia y de inquietud: ¿Seguirán existiendo maestros? Puede parecer una pregunta incómoda para un día como este. Esta pregunta no apunta al final de la profesión docente, sino a algo más profundo: al posible declive de una cierta figura tradicional del maestro, de ese maestro que tal vez ustedes mismos conocieron. Y por eso la pregunta verdadera no es si existirán maestros(as), sino qué tipo de maestros serán ustedes.
Porque si hoy el conocimiento está disponible en múltiples formatos y plataformas, entonces la universidad no puede justificarse solo por transmitir información. Su tarea —y la de ustedes— es otra: formar el sentido de honestidad, de justicia y la responsabilidad. Formar personas capaces de discernir en medio de la incertidumbre y de responder éticamente por sus decisiones. Esa es la verdadera exigencia de nuestro tiempo.
La universidad es hoy uno de los últimos espacios donde todavía intentamos sostener la verdad en común. No forma solo profesionales, forma su capacidad de pensar, incentivamos su capacidad de amar, enseñamos a que no sean indiferentes, a que se preocupen por los más frágiles.
Pero ustedes se gradúan en un tiempo inquietante, en el que comienza a instalarse algo más peligroso que el error: una desconfianza sistemática hacia la ciencia, un cuestionamiento deliberado del conocimiento que durante décadas ha permitido ampliar derechos, proteger a los más vulnerables y hacer de la dignidad humana algo más que una promesa.
Y cuando una sociedad aprende a desconfiar de la ciencia, no solo pierde certezas: pierde humanidad. El sufrimiento del otro se vuelve discutible, la injusticia opinable, y la dignidad deja de ser un principio para convertirse en una utopía.
Entonces ocurre, casi sin ruido, lo más grave: empezamos a acostumbrarnos. Y cuando ya nada nos asombra, todo —incluso el abandono, incluso la violencia— se vuelve posible.
Es posible que algunos momentos de su paso por la universidad les hayan parecido improductivos. Que queden temas por aprender, caminos por recorrer. Pero hay algo de lo que pueden estar seguros: aquí no solo adquirieron saberes, aquí aprendieron —quizá sin darse cuenta— a mirar el mundo de otra manera. En estas aulas quedaron sembradas sus preguntas más hondas, sus inquietudes, sus compromisos. Aquí también quedaron sus silencios, sus dudas no resueltas y esas pequeñas victorias que nadie más vio. Todo eso forma parte de lo que hoy son.
Educar no es simplemente ejercer una profesión. Es responder a una vocación que tiene dos dimensiones inseparables: servicio y compromiso. Y es precisamente eso lo que dota de sentido a la labor docente en un tiempo en el que todo parece transformarse. Hoy el maestro no es solo quien sabe, sino quien narra, quien escucha, quien se atreve a sostener las conversaciones más difíciles de nuestro tiempo sin huir de ellas.
Tal vez por eso, la educación necesita recuperar algo de lo que está perdiendo: su dimensión más humana, más artesanal. La posibilidad de conversar sin mediaciones, sin cámaras, sin la urgencia del registro. Porque si la universidad se reduce a una transmisión en ‘streaming’, corremos el riesgo de convertir el pensamiento en espectáculo y el diálogo en simulacro.
Ustedes, como maestros, estarán expuestos. Serán cuestionados, refutados, interpelados. Tendrán que responder preguntas incómodas y enfrentar la fragilidad de no tener siempre respuestas definitivas. Pero es precisamente en esa vulnerabilidad donde nace el verdadero deseo de enseñar. Porque enseñar no es imponer certezas, sino abrir caminos de sentido.
Hannah Arendt escribió que la educación es el lugar donde decidimos si amamos al mundo lo suficiente como para asumir responsabilidad por él. Esa es, en el fondo, su tarea: ayudar a sostener un mundo que, en ocasiones, parece desmoronarse ante nuestros ojos. No para conservarlo intacto, sino para hacerlo habitable para quienes vienen después.
Y quizá, en medio de esa tarea, convenga recordar lo que Borges escribió: que somos nuestra memoria, ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos. Ustedes serán parte de la memoria de sus estudiantes. En sus palabras, en sus gestos, en su manera de estar en el mundo, quedarán huellas que tal vez nunca vean, pero que persistirán.
Por eso, más allá de la incertidumbre, más allá del cansancio de la época, hay algo que sigue siendo profundamente esperanzador: que todavía hay quienes eligen enseñar.
Futuros maestros tengan presente que habitamos una época en la que, casi sin darnos cuenta, la experiencia humana se ha ido empobreciendo. Avanzamos, sí… pero como quien avanza en medio de una pérdida. Hemos perdido algo esencial: la capacidad de asombrarnos, de detenernos, de reconocer lo valioso en lo aparentemente simple. Vivimos bajo la presión constante de producir, de responder, de no detenernos nunca. Y en esa prisa, hemos comenzado a dejar de sentir. Nos hemos vuelto, poco a poco, indiferentes.
Y, sin embargo, ustedes han elegido una profesión que exige exactamente lo contrario.
Porque ser maestro hoy es resistir esa indiferencia. Es volver a abrir espacios donde el asombro sea posible. Es detener el tiempo en medio de la velocidad del mundo para decirle a otro: “mira esto, piensa esto, pregúntate por esto”. Es, en el fondo, devolverle al mundo su espesor humano.
Pero esta pérdida no es casual. Es el signo de una época que ha convertido la vida en espectáculo. Todo aparece ante nosotros como imagen, como algo que se muestra, que circula, que se consume… pero que rara vez se habita. Y así, sin advertirlo, hemos pasado de ser protagonistas de nuestra existencia a ser espectadores de ella. Miramos mucho, pero vivimos poco. Observamos, pero no nos implicamos.
Y es precisamente aquí donde su tarea se vuelve radical.
Porque educar no es formar espectadores, sino despertar sujetos capaces de habitar el mundo. No es enseñar a mirar desde la distancia, sino a comprometerse, a pensar, a tomar posición. Allí donde el mundo empuja a la pasividad, el maestro introduce una interrupción: una pregunta, una incomodidad, una posibilidad.
Hoy vivimos rodeados de imágenes que ya no remiten a nada más que a sí mismas. Pantallas que nos conectan, pero que muchas veces nos aíslan. Somos parte de “muchedumbres solitarias” que comparten información, pero no necesariamente un mundo. Y en ese contexto, la crisis deja de ser solo cultural: se vuelve profundamente ética.
Porque cuando dejamos de sentir, dejamos también de responder.
Y ahí, justamente ahí, aparece el maestro.
El maestro como quien insiste en que el otro importa. Como quien se niega a aceptar que la vida se reduzca a lo inmediato, a lo útil, a lo superficial. Como quien, en medio de la saturación de imágenes, devuelve la palabra; y en medio del ruido, recupera el sentido.
Ser maestro hoy es, en última instancia, un acto de resistencia: contra la indiferencia, contra la superficialidad, contra la pérdida del mundo.
Y es precisamente aquí donde su compromiso, como maestros, se vuelve decisivo.
Porque cuando el sufrimiento del otro se convierte en contenido, cuando lo consumimos desde la distancia, protegidos por la pantalla, algo esencial se pierde. Nos convertimos en espectadores que sienten por un instante… pero no responden. La compasión se vacía, se vuelve un gesto rápido, casi automático, una forma de tranquilizar la conciencia. Y mientras tanto, la reflexión se diluye, la empatía se debilita, y el otro —ese otro que sufre— comienza a desaparecer ante nuestros ojos.
Frente a esto, el maestro no puede ser neutral.
Porque educar, en un mundo así, no es solo transmitir saberes. Es resistir la deshumanización. Es enseñar a ver cuándo todo empuja a mirar desde la distancia. Es devolverle rostro al otro cuando el mundo insiste en olvidarlo.
Hoy vivimos en un tiempo en el que el poder no solo gobierna, sino que clasifica, jerarquiza, decide qué vidas importan y cuáles no. Decide quién merece ser llorado… y quién puede ser eliminado sin duelo. Y cuando una vida deja de ser reconocida como vida, su destrucción deja de escandalizar.
Por eso, la violencia de nuestro tiempo no solo mata: borra.
Y frente a ese borramiento, aparece la figura del maestro como alguien que nombra, que recuerda, que insiste en que cada vida cuenta. Alguien que se niega a aceptar que el mundo se acostumbre al horror.
Pero no nos engañemos: esta tarea es difícil. A veces parecerá inútil. A veces sentirán que lo que hacen no alcanza, que el mundo sigue su curso indiferente. Como Sísifo, empujando una roca que siempre vuelve a caer.
Y, sin embargo, ahí está la clave.
Porque como nos enseñó Camus, en ese gesto aparentemente absurdo habita también la dignidad. En la persistencia, en la negativa a rendirse, en la decisión de seguir, incluso cuando no hay garantías.
Ser maestro hoy es, en ese sentido, un acto revolucionario
Revelarse contra la indiferencia.
Revelarse contra el olvido.
Denunciar todo aquello que intenta vaciar de sentido lo humano.
Su tarea no es cambiar el mundo de una vez y para siempre. Es algo más silencioso y, al mismo tiempo, más profundo: impedir que el mundo pierda completamente su humanidad.
Sostener, en medio del ruido, la posibilidad del pensamiento.
Sostener, en medio del cansancio, la posibilidad del cuidado.
Sostener, en medio del horror, la convicción de que cada vida importa.
Porque mientras haya alguien que enseñe a mirar de verdad, a pensar de verdad, a reconocer al otro como otro,
mientras haya un maestro que se resista a la indiferencia,
no todo está perdido.
Y hoy… esos maestros comienzan a ser ustedes.
Gracias. *
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*Víctor Eligio Espinosa Galán, Licenciado en Filosofía y Magíster en Desarrollo Educativo y Social, Vicerrector Académico de la Universidad Pedagógica Nacional (UPN).
**Marlene Enciso, licenciada en Biología, especialista en Gerencia de Instituciones Educativas y Magíster en Estudios Contemporáneos en Enseñanza de la Biología, Universidad Pedagógica Nacional (UPN).
*** Jairo Robles Piñeros, Coordinador Académico de la Maestría en Estudios Contemporáneos en Enseñanza de la Biología, Facultad de Ciencia y Tecnología, Universidad Pedagógica Nacional (UPN), Bogotá.

