Héctor Garzón Leal*, un Aeroamigo fiel, de grata recordación y siempre sonrisa vespertina, aunque las cosas estuviesen difíciles, partió a lontananza al compás del toque de la diana de este jueves 12 de marzo de 2026…
En casi todas las reuniones a las que últimamente voy, más temprano que tarde soy abordado con infaltables preguntas contables, en nada relacionadas con la temática literaria de mis obras, por parte de familiares, amigos, conocidos y extraños concurrentes.
Si lo es aquí en soledad, por impuesta y hasta conveniente distancia social, más difícil sería si tal vez me apareciese por allá, más que a riesgo, a expresar a grito herido esto que aflige y destroza mi corazón.
Porque la vida es corta, ahora que puedes: ¡goza! Mañana quizá ya no estés, o el mundo gire al revés.
Ahora que puedes, amigo... baila, baila esta salsa a más no poder. De aquí solo llévate el placer; ven, te invito, danza conmigo.
Disfruta cada momento, porque dolor y tormento mejor dejarlos en el ayer, sin siquiera voltearlos a ver.
Intenta aprender…
Cuando apacigües el alma, cuando disfrutes la tarde caer, con corazón henchido de calma… Y esos recuerdos dejen de arder, la esperanza volverá, la carga se aliviará y la luz del mañana, sin prisa, te inspirará.
Que al final de los adioses del olvido alguien disperse por doquiera mis cenizas, para que la brisa que besa el Alto del Vino se impregne con sonatas, versos y sonrisas…
Bucólico paraje donde, en una lomita, ¿recuerdas?, quise hacerte un tibio nido, para encerrarnos allá, en soledad furtiva, a gritar con letras y besos este amor vivido.
Momentos idos, segunda entrega de relatos románticos del autor Wilson Rogelio Enciso, no es simplemente un libro: es un aliento prolongado de memoria, un susurro que se escapa del rincón más oscuro del corazón humano. Cuarenta y tres relatos configuran este universo de palabras que no buscan explicarse, sino ser escuchadas, como quien oye el murmullo del viento entre las ramas de un árbol moribundo.
Niñez, juventud y madurez pasaron veloces por su vera. Nunca pudo hacer con ella esa soñada visita placentera.
Cómo imaginarse entonces que, en esas etapas mágicas, vividas de prisa y sin apreciarlas ni un tantito, como ahora lo hacía, un poco tarde, lo reconocía, pese a todo fue feliz, ¡muy feliz! Lo hizo con el vigor y el ímpetu del alcaraván llanero en celo, sin percatarse de la importancia que cada una de estas tenía. Qué iba a pensar que aquellos maravillosos días de derroches desbocados, locuras, algarabías y sueños infundados, poco a poco absorbidos por agobiantes faenas laborales, tan solo en el recuerdo, ¡cada vez más difuso y esquivo!, quedarían.
En sus respectivos hogares y en casas diferentes pero vecinas, durante toda la vida, desde niños, Adalberto y Eleonora vivieron en esa empinada y sesgada vía corta de una cuadra larga. Cuando lotearon la inmensa finca Bello Horizonte, por sus vistas privilegiadas en ese entonces, y la convirtieron en el barrio popular donde sus primeros habitantes fueron trabajadores de la Empresa Capital de Servicios de Aseo, por ahí bajaba un impetuoso arroyo que en invierno lo inundaba todo y amenazaba la estabilidad de las cimentaciones, las vías y la megaempresa ladrillera, pocas cuadras abajo.