¿Sabéis eso que se dice de que siempre atraen los rebeldes? Pues igual me pasa con la literatura: es leer algo sobre la biografía de un autor adelantado a su tiempo o repudiado por la sociedad debido a sus obras, y es como si me pusieran a James Dean con una cazadora de cuero negra encima de una Harley-Davidson.
Si lo es aquí en soledad, por impuesta y hasta conveniente distancia social, más difícil sería si tal vez me apareciese por allá, más que a riesgo, a expresar a grito herido esto que aflige y destroza mi corazón.
Porque la vida es corta, ahora que puedes: ¡goza! Mañana quizá ya no estés, o el mundo gire al revés.
Ahora que puedes, amigo... baila, baila esta salsa a más no poder. De aquí solo llévate el placer; ven, te invito, danza conmigo.
Disfruta cada momento, porque dolor y tormento mejor dejarlos en el ayer, sin siquiera voltearlos a ver.
Cuando 2025 llega a su fin, es inevitable hacer balance de ese año que está por desaparecer y pasar a ese rinconcito que ocupa el recuerdo. Un nuevo comienzo que afrontamos de distintas maneras. Este año he escuchado mucho la frase: «¿Por qué no vives de la escritura?». Antes daba demasiadas explicaciones; ahora mismo solo simplifico diciendo que el mundo editorial está muy complicado. Y quizá lo esté, pero no es la única razón.
Intenta aprender…
Cuando apacigües el alma, cuando disfrutes la tarde caer, con corazón henchido de calma… Y esos recuerdos dejen de arder, la esperanza volverá, la carga se aliviará y la luz del mañana, sin prisa, te inspirará.
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No volveré mi vista atrás,
no miraré tampoco hacia el final.
Cierro mis ojos al presente,
a las luces, al ruido,
tan solo...
Mientras el público se maravilla (y se asusta) con los últimos avances de los chatbots y la inteligencia artificial generativa, hay otra revolución en marcha. Más silenciosa. Más profunda. Y, en muchos sentidos, más peligrosa.
Que al final de los adioses del olvido alguien disperse por doquiera mis cenizas, para que la brisa que besa el Alto del Vino se impregne con sonatas, versos y sonrisas…
Bucólico paraje donde, en una lomita, ¿recuerdas?, quise hacerte un tibio nido, para encerrarnos allá, en soledad furtiva, a gritar con letras y besos este amor vivido.