Guadalupe fue bautizada en honor a la santísima virgen del Tepeyac, era el nombre que llevaba su abuela, su madre y ella, quien era la mayor de siete rosas y un rosal.
Al conferírsele el título de primogénita, se convirtió en la ayudante de su madre desde muy temprana edad, aprendiendo las labores propias del hogar, así como el cuidado de sus hermanos menores.
Su padre, un hombre forjado en el campo, mostraba un rostro reacio, curtido por el sol y la tierra, tenía una sonrisa encantadora y cuando se daba tiempo de convivir con la familia, podía hacer de las reuniones toda una algarabía, ya que gustaba de narrar un sinfín de leyendas, cuentos de fantasía, misterio, incluso de horror; aunado a la voz varonil que entonaba armoniosas melodías de su autoría, a la par que pulsaba la guitarra con una ejecución impecable.
Gustaba de mostrar abiertamente el orgullo de tener a su lado una mujer bonita, trabajadora, hogareña y unos retoños que habían llegado a su vida año tras año, engrosando el núcleo familiar.
La otra cara de la moneda, afloraba al dejar entrever los hábitos y costumbres prevalecientes en el pueblo, donde los varones emepezaban a consumir bebidas etílicas desde una edad muy joven, de tal manera que al paso de los años, tanto en las reuniones familiares, en los funerales, como en los festejos de la comunidad, era común que los hombres hicieran círculos de convivencia aparte de los niños y mujeres; y el hecho de beber alcohol con regularidad, pasó a ser una cotidianidad en su vida; simplemente, consumía algún tipo de bebida embriagante en casa al llegar del trabajo, argumentando la necesidad de aliviar el cansancio y estrés acumulado durante la jornada diurna; otras muchas, antes de arribar con su familia, gustaba hacer una parada obligatoria en la cantina del pueblo; ahí estaban sus camaradas, con los que podía tener largas conversaciones, reír, contar anécdotas, escuchar música, cantar, jugar a las cartas o tentar a la suerte con los dados; claro está, acompañados siempre de unas cervezas heladas o de bebidas preparadas por el cantinero. De tal forma, que al paso de los años, llegaba al umbral del hogar tambaleante, con mirada borrosa, emitiendo balbuceos inteligibles, la cartera vacía y sin más energía para convivir con la familia.
La madre, le recibía presurosa en el quicio de la puerta, le preparaba de inmediato un café cargado, calentaba la cena, le tomaba del brazo y le invitaba a pasar al cuarto que hacía de recámara, donde, con mucho esfuerzo, le iba despojando de sus prendas de vestir, para ayudarle a acomodaarse en su cama. Mañana sería otro día. ―Decía, ―Debes descansar porque tienes que estar tempranito en el rancho. Lugar donde prestaba sus servicios como vaquero.
A Lupita le lastimaba profundamente esos hechos, veía como su madre trabajaba sin cesar para hacer rendir el poco dinero que quedaba libre para los gastos de la familia. Además de cuidar a sus hijos, ella hacía costuras en casa, la abuela le había enseñado el arte de corte y confección, por lo que siempre había retazos de telas, hilos de todos colores, cinta de medir, una libreta de apuntes, periódicos viejos y una regla con la que hacía los patrones, antes de cortar la tela.
Los pequeños retazos que quedaban entre costura y costura, servían para confeccionar la ropa de sus hijos, cortinas y sobrecamas. Los pantalones de mezclilla de su padre y hermanito, traían tanto parche adherido, que parecía una nueva moda impuesta. Cuando en la mercería del pueblo había alguna oferta de telas, las siete hermanas lucían modelo y color semejante; de tal forma, que al hacer su entrada triunfal en la iglesia del pueblo, despertaban la admiración de la gente que concurría al servicio religioso; siete niñas vestidas y peinadas impecablemente; con listones de color en sus tranzas o adherido a su cabeza en forma de moño, calcetas y zapatos pulcros; el vestido dominical era el mismo hasta que el crecimiento de las chicas impedía seguir usándolo; luego pasaba a la hermana menor; por lo que Lupita fue afortunada en ese sentido, ya que al ser la mayor, no le quedaba la ropa de sus hermanitas; de tal forma, que su madre, era a la primera que le renovaba su vestuario.
Aunado a esos quehaceres, los domingos, preparaba unos deliciosos tamales rellenos de chile colorado con carne de puerco, mismos que Lupita y sus hermanos, debían de ofrecer casa por casa, para contribuir en el gasto familiar.
Otros días cocinaba gorditas rellenas, mismas que se acomodaban cuidadosamente en una canasta, cubiertas por un mantel blanquísimo bordado a mano, junto con un frasco de vidrio con salsa picante. Tan pronto volvían los niños de la escuela, debían salir por las calles del pueblo a ofrecer las viandas preparadas por las manos diligentes de su madre.
En ese devenir, el tiempo transcurría con los altibajos propios de la vida; un día, mientras todos participaban en las faenas del hogar, escuchan el trote de un caballo que se acerca a sus puertas, un peón, compañero de su padre desmonta de un salto, traía el rostro desencajado; el color rosado de su rostro se había escondido, para dar lugar a un amarillo pálido, los labios secos, y las lágrimas a punto de salir. Bastó ver esa expresión, para que su madre captara la gravedad del asunto; de sus cansados ojos, empezó a fluir el llanto como un manantial sin fondo. -¿Qué pasó con mi marido? -gritaba. En un instante todo era confusión, gritos, llantos, escena dantesca de presagios, tempestades, nubarrones de desgracia.
―Estaba domando a un caballo que compró el patrón, de pronto, escuchamos un grito y un ruido espantoso, al caer se pegó en la cabeza con una piedra. ―¡Murió inmediatamente! no pudimos hacer nada. ―Musitaba el peon con palabras entrecortadas por los sollozos.
Los momentos siguientes quedaron grabados en la memoria de Lupita. Ella siempre había visto a su madre como el pilar fuerte del hogar. Su padre tuvo momentos muy especiales con ellos, como el enseñarles a montar, a nadar en el río del pueblo, a lazar becerros y chivas; y en muy contadas ocasiones les había abrazado y dicho que los amaba; sin embargo, era tanto el tiempo que pasaba fuera de casa, que la figura predominante, fuerte y ergida, era esa mujer de roble, que parecía nada ni nadie lograría doblegarla.
Pero, ahí estaba, postrada ante los pies del cadáver, parecía que sus lágrimas no tenían fin; su voz se había desgarrado; su cuerpo parecía haberse empequeñecido por el dolor; por lo que Lupita entendió, que ella era la encargada de sostener a la familia en esos momentos cruciales de duelo; ella no podía permitirse caer en depresión, debía atender a sus hermanos, recibir los abrazos y palabras de condolencias que la gente le expresaba; todo se sucedió como en lapsos de terror, avanzando a un ritmo muy lento.
Después de esa tragedia, ya nada fue igual, las siete mujercitas cambiaron su vestido de color por uno negro, la madre se cubrió de ese color de la cabeza a los pies; dejó de sonreír, de cantar, de tener esperanza e ilusiones, y un día. En medio de depresiones, el cáncer invadió su cuerpo y la muerte vino a su encuentro, dejando siete rosas y un rosal en la más completa desolación y orfandad.

Espera más de María del Refugio Sandoval Olivas en su columna quincenal “Tintero del corazón” en Revista Latina NC.

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