Los campos se encontraban teñidos por los colores mostaza amarillentos y verde seco que traen consigo el otoño; los árboles trataban de esconder su desnudez, agitando sus ramas pudorosamente.
Estas, también estaban sufriendo lo indecible; ya que las hojas, se aferraban desesperadamente, trasmitiéndoles su angustia al ser arrancadas de tajo por el soplo del aire.
Ellas que se sabían bellas, portadoras de un color verde vida, que despertaban la admiración de todos los transeúntes que posaban su vista en sus distintas formas que poseían; eran capaces, además, de dar sombra y detener los rayos del sol; musas inspiradoras de artistas, entre otras muchas más bondades y cualidades que sabían poseer.
Una a una fueron desprendiéndose de esa unión protectora que tenían con la rama; en la medida que volaban por el aire, se escuchaban sus gritos de miedo y angustia ante lo desconocido.
Unas cuantas seguían aferradas a permanecer en ese vínculo protector y abrigador, observando aterradas el triste destino que les esperaba al caer sobre la tierra.
No es que el espectáculo que brindaran a la vista fuese deprimente, sino todo lo contrario; formaban una alfombra amarillenta esparcida en lugares determinados; pero que al ser violentamente ultrajadas por algunos pasos que caminaban sobre ellas, crujían lastimosamente y eran partidas en fragmentos, separadas de ese cuerpo que les dio lucidez y vida, quedando diseminadas por el viento o atrapadas en lugares inhóspitos.
Una de ellas, logró sostenerse por más tiempo sobre la rama. Cada que soplaba el viento, sacaba fuerzas de su miedo y se aferraba desesperadamente; sin embargo, estaba consciente de la imposibilidad de su empresa, cada momento perdía cohesión.
Observando su tristeza la rama le pregunta:
— ¿Cuál es la razón de que no quieras seguir a tu familia hojarasca?
— Es que tengo miedo de morir, — respondió tímidamente.
— La naturaleza tiene ciclos que deben cumplirse.
— Respondieron las raíces del árbol que escuchaban atentamente la conversación y que tenían en su haber largas y profundas experiencias de sobrevivencia.
—Tu misión ha concluido en este ciclo que termina, así como el de la estación del otoño, quien dará la bienvenida al invierno, este a la primavera, luego al verano.
Son momentos especiales que debemos de cumplir al ser parte de los seres vivos que habitamos este planeta. Todos estamos relacionados y vinculados; aunque vivamos en distintas partes, poseamos características distintivas únicas, como forma, tamaño, hábitat y ciclos de vida, somos necesarios para la subsistencia de los demás.
—Te lo explicaremos detenidamente, —exclamaron las raíces.
—Nosotras, damos sustento y alimento al árbol; cuando no hay suficiente agua, nos extendemos y profundizamos hasta encontrar alguna fuente que nos nutra.
En la medida que vamos agarrando fuerza, el tronco del árbol va creciendo, con este sus ramas, el tallo y las hojas. Cada uno de nosotros tenemos una misión y funciòn específica en la tierra, pero como ser vivo, nos llega el momento de terminar con nuestra misión y pasar la antorcha a otras generaciones.
En nuestra larga experiencia aprendimos, “que la materia no muere, solo se transforma”.
Tú, como hoja, posees los órganos principales de la planta, “los pulmones para respirar”, ya que la clorofila es la responsable de la fotosíntesis, que a su vez absorbe la luz solar y convierte el dióxido de carbono en oxígeno.
¿Entiendes ahora tu misión?
—Claro, contestó la hojita. Sin oxígeno no existiría la vida.
—Pero sigo sin entender, —exclamó tímidamente:
— ¿Por qué debemos morir?
—Cuando caes al suelo pasas por un proceso de descomposición, el cual conlleva muchos beneficios para el ecosistema, por ejemplo: nutres la tierra y creas las condiciones naturales para la reproducción y cuidado de muchas especies.
—Entonces, —dijo la hojita, es como si siguiera viviendo; como si mis componentes se quedaran en la naturaleza para seguir floreciendo.
—Claro que sí, respondieron las raíces; en ese momento la hojita se dejó arrancar, y el viento se encargó de mecerla mansamente, el suave arrullo se prolongó hasta encontrar un espacio destinado para huerto familiar.

Espera más de María del Refugio Sandoval Olivas en su columna quincenal “Tintero del corazón” en Revista Latina NC.

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