Ilustración: Irene Coronado

Cuando arribó a la pequeña casa de interés social donde vivían Carmelo y sus padres, la expectación, el asombro y el temor se esparció como polvareda en el fraccionamiento, sin embargo pudo más la curiosidad y al poco tiempo el médico llevaba un séquito de curiosos vecinos que desde una prudente distancia seguían sus pesados pasos sobre la calle. Incluso el tráfico se desviaba o de plano varios automovilistas detenían sus coches a la vera del camino y se unían a la muchedumbre que seguía a Cabrera.
Su corpulencia vestida con un llamativo traje amarillo limón destacaba en la mañana soleada de primavera, al igual que su larga cola que sobresalía por entre la abertura posterior del traje, y aunque el tono era muy discutible el corte era impecable y le daba un aura de elegancia. Calzaba unos brillantes zapatos de charol negro y cubría sus orejas y cabeza con un sombrero negro que llevaba ligeramente inclinado sobre el lado derecho, un pañuelo rojo cuidadosamente doblado asomaba del bolsillo izquierdo de su saco, dándole un aire refinado. Sólo las dos cajas de plástico transparente restaban armonía a su atuendo haciéndolo lucir como un detalle chabacano y poco afortunado.
Encontró a Carmelo con el pelo húmedo, recién bañado, vestía un pantalón de mezclilla y camiseta holgada. El pequeño se le quedó mirando sorprendido, no obstante su expresión no denotaba temor, reaccionó y de un brinco salió corriendo hacia el interior de la casa. Fue alcanzado por el doctor que le indicó con un gesto teatral las armas dentro de las cajas, el niño se tomó su tiempo para decidir cuál tomar, en verdad que estaban mejor que la que él tenía. Finalmente se decidió, Cabrera le entregó una bolsita de terciopelo negro con las municiones, el niño la abrió y retadoramente asintió con la cabeza entrecerrando los ojos en un gesto que pretendía ser amenazador.
La gente se mantenía expectante y desesperaba por ver lo que había dentro de las cajas de plástico y de la bolsita de terciopelo.
Los más osados sacaron sus teléfonos celulares de la forma más discreta posible, cuidándose de que el médico Cabrera no lo notara, pero sus orejas súper sensibles registraron el primer sonido del obturador de la cámara activándose, entonces se giró con una rapidez que no se hubiera supuesto en alguien de sus dimensiones y con voz autoritaria, ronca y con un tono de ferocidad inconfundible, dijo sin gritos ni aspavientos mientras se dirigía hacia el atrevido fotógrafo y tomaba el teléfono con su mano de largas y gruesas uñas verde oscuras —¡no fotos! —y para dar mayor énfasis a sus palabras aplastó de un pisotón el artefacto que quedó convertido en un montón de fragmentos casi pulverizados. Los demás retrocedieron con gesto de horror y ostensiblemente mostraron su teléfono móvil a Cabrera mientras lo guardaban dentro de la bolsa de mano, del pantalón o de la camisa. Éste se giró de nuevo, en su rostro de reptil gigante una mueca de burla se hizo presente. Una mujer se abría paso desesperada entre la multitud de curiosos. Desparramando en su trayecto los artículos del mandado, llevaba una bolsa de papel agarrada entre los brazos como si fuera un bebé. Con los empujones la bolsa se rompió y algunas naranjas rodaron libremente, zigzagueando entre la multitud de zapatos en que se había convertido la calle en esos momentos; era la madre de Carmelo que gritaba a voz en cuello el nombre de su hijo.
Cuando llegó hasta la línea frontal que formaba la gente, vio a su pequeño entretenido en sacar algo de una bolsita de terciopelo negro, y al médico vestido de amarillo limón, con su sombrerito en la cabeza, el sol del mediodía los iluminaba creando una imagen irreal.
Se aproximó con una mezcla de temor y beligerancia hasta ellos, con el único propósito de poner a salvo a su hijo. Carmelo le señaló la hilera de pequeñas botellas de plástico que tenían dispuestas sobre la barda de blocks de su casa, separadas una de la otra por cincuenta centímetros, en total eran diez. El niño le explicó que serían diez tiros y que al final verían quien había sido el que derribara más y por lo tanto el vencedor.
Había tenido que hacer uso de toda la elocuencia e implacable lógica que tienen los niños, para convencer al doctor Cabrera de que la fuerza de su tiro le daba ventaja si apuntaban al cuerpo del otro y que eso era poco honorable. Admitió haberlo hecho, haber lanzado una bolita con su resortera, pero, dijo con cara contrita:
— ¡Usted asusta a la gente!
— ¿Acaso debo pedir perdón por haber nacido así? —contestó el médico con indignación.
—No —musitó Carmelo pensativamente, —supongo que nadie elige como nacer –agregó con palabras que reflejaban una madurez inusual en un niño de su edad.
—Ahora comprendo que haberle lanzado una bolita en el Instituto fue una falta de educación de mi parte, por lo cual ofrezco disculpas, —dijo viéndolo hacia arriba.
“O este niño lee mucho o es un enano disfrazado” pensó jocosamente Cabrera al escuchar sus palabras nada acordes ni con su edad, ni con su aspecto. Pero solemnemente dijo:
—Disculpas aceptadas.
Aun así Cabrera insistió en vencerlo de alguna manera para poner su honor a salvo y entonces Carmelo sugirió derribar botellas de plástico con el arma que el doctor se había tardado tanto tiempo en conseguir.
El primer turno sería para el ofendido, el médico Cabrera, después tiraría Carmelo. La gente seguía con curiosidad el diálogo que se desarrollaba entre los dos personajes. En lugar de disminuir la cantidad de personas que presenciaban tan singular escena, aumentaba, a grado tal que algunas patrullas de tránsito y policía se encontraban en el lugar tratando de poner orden hasta que fueron atraídos al igual que todos los demás por los acontecimientos tan extraordinarios que quizá jamás volvieran a presenciar.
El corpulento doctor trazó la línea desde la cual tirarían y los presentes se dieron cuenta de la dureza y solidez de sus largas uñas, porque un rayón se dibujó en el pavimento sin que la uña sufriera desperfecto alguno.
Cabrera suspiró pensando que la semana entrante debería hacer cita con la manicurista y la pedicurista. Con sus enormes pies bien afianzados se dispuso a disparar. La expectación iba “in crescendo” por ver el arma, la gente se volteó a ver sorprendida y tuvieron que contener la risa, temerosos de la reacción del extraño médico cuando vieron que sacaba una resortera de la caja y que las municiones eran semillas redondas, frescas y verdes de las lilas que crecían en algunos parques de la ciudad, — ¡menudas armas! —se escuchó decir en un ligero cuchicheo, risitas ahogadas se congelaron en la multitud cuando el médico volteó a verlos con el gesto hosco y un brillo amenazador en sus ojos de pupilas negras ovaladas e iris verde amarillento.
El primer disparo fue limpio derribando la botella. Tocó el turno a Carmelo la gente lo había hecho su favorito sentimental y se escuchaban frases de aliento cuando el niño tomó posición para disparar, no los defraudó, la botella fue derribada sin dificultad. En la quinta y última ronda el público estaba dividido, el empate a cuatro manifestaba la puntería de ambos contendientes y Cabrera se había hecho de un nutrido grupo de seguidores que lo vitoreaban cuando veían como derribaba sin dificultad las botellas. Los vítores de la gente lo comprometían muy a su pesar a dar la vuelta y agradecer sus porras y aplausos con una graciosa reverencia, cuando esto pasaba la intensidad de los aplausos aumentaba notablemente.
Era el último tiro, el extravagante doctor Cabrera llevaba cinco disparos impecables y otras tantas botellas derribadas, tocaba el turno al joven Carmelo, aunque conservaba el aplomo que lo caracterizaba, unas ligeras gotas de sudor en la nariz delataban su nerviosismo, la gente que estaba con él seguía casi sin respirar su preparación para el último tiro, “¿Qué pasaría si no ganaba?, ¿Se daría por satisfecho el vengativo médico?” o…. en eso estaban pensando cuando vieron la última botella tambalearse sobre el block sin caer, la respiración de la gente se detuvo, la botella bailaba sobre su fondo circular hasta que finalmente cayó levantando una nubecilla de polvo. La gente estalló en estruendosos aplausos, tanto los seguidores de uno como de otro.
Luego se hizo el silencio para ver la respuesta del insólito médico, éste se inclinó ante el niño, la madre caminó decidida a interponerse entre ellos, pero no fue necesario, el doctor extendió su rasposa mano de dedos anchos y uñas largas a Carmelo que lo veía con una sonrisa de oreja a oreja, en verdad que ambos se habían divertido y el público los ovacionó entusiasta. Alguien preguntó con un grito a la madre los nombres de los contrincantes y organizó la porra que se recordaría durante muchos años en aquella ciudad, llegando a convertir el duelo recién protagonizado en una leyenda, para muchos increíble. A voz en cuello gritaron con verdadero entusiasmo, incluidos oficiales de policía y tránsitos: ¡A la bio a la bao a la bim bom ban, Cabrera y Carmelo ra, ra, ra!
Momentos después la calle se despejó y pronto no quedaba nadie. En el diminuto patio trasero de la casa, el doctor Cabrera lucía fuera de sitio, su enorme constitución resaltaba en forma espectacular, permanecía sentado en una silla de jardín para dos personas. Devoraba en compañía de su nuevo amigo el pollo rostizado que la madre había traído con el resto del mandado, el niño se comía gustosamente una pizza cortesía de Cabrera. La madre los vigilaba innecesariamente desde la ventana de la cocina. Honorable como era, el insólito médico cuando brindaba su amistad lo hacía para siempre.

Espera mas de Rosario Martinez en Revista Latina NC, en su columna “Letras de Rosario”.

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