Ilustración: Irene Coronado

El doctor se acicaló, era sumamente vanidoso y pagado de sí mismo. Partió un abate lenguas para usarlo como pica dientes. Sacudió de su bata hasta hacía unos minutos impecablemente blanca unas migajas del pollo frito que acababa de devorar, era todo lo que quedaba de su para él, frugal comida.
Sus largas y afiladas uñas tintinearon como suaves notas musicales sobre el teclado de la computadora cuando inició la apertura de los expedientes.
Sonrió con regocijo malévolo. Se acercaba la mejor hora del día, cuando circunspecto y ceremonioso se dirigía a la salita de espera donde los pacientes aguardaban con no poca impaciencia, contradiciendo así la forma en que genéricamente se les llamaba.
Sus pupilas oscuras de forma ovalada, rodeadas del iris verde amarillento, reflejaron que en verdad disfrutaba de ese instante.
Era hora de desquitar la generosa paga que recibía por librar al instituto de los más ancianos y achacosos, aquellos que no habían sido advertidos sobre la peculiaridad del galeno. Con sumo cuidado desplazó su corpachón, la última vez que se levantó de prisa había destruido casi medio consultorio, a pesar de esto en su cita con el director sólo escuchó una indulgente llamada de atención.
Sus pasos resonaron en el pasillo y su cola rebotó contra las paredes anunciando su presencia, aun las dos recepcionistas prevenidas acerca del singular médico, sudaban copiosamente cuando el Doctor Cabrera hacía acto de presencia.
Con voz gutural y ronca gritó el nombre de la primera persona. — ¡Ludivina Prudencia! —este sonido despertó a aquellos que dormitaban sobre las sillas de plástico anaranjado, dos enfermeros altos y fornidos aguardaban expectantes sus próximas cargas.
El primero en caer desvanecido fue Don Apolinar Galán, un septuagenario que gozaba de fama de gruñón y tacaño, su silla se ubicaba justo frente al pasillo por donde aquella cosa avanzaba. Sus ojos se abrieron desmesuradamente y llevándose las manos al pecho jadeó desmayándose.
El revuelo fue enorme, todos los que no sabían acerca del médico Cabrera emprendieron la carrera hacia afuera del edificio. La segunda víctima fue Doña Conchita Dulces Nombres que incrédula boqueaba buscando aire, esta anciana con cabello blanco y sonrisa dulce era el azote de los niños en su barrio. Balón que caía en su patio jamás regresaba, y con gesto adusto recetaba a los atrevidos niños una retahíla de improperios por osar jugar frente a su vivienda. Sin saberlo el doctor Cabrera estaba contribuyendo a que no desaparecieran más balones cerca de la casa de la señora Dulces Nombres. Los camilleros se acercaron a los ancianos desvanecidos y tras comprobar que sólo estaban desmayados, los echaron sobre la camilla, uno junto a la otra. El instituto tenía problemas financieros y las camillas escaseaban. Momentos más tarde los ancianos se recuperaron en la planta baja y abandonaron casi corriendo el edificio.
—Ludivina Prudencia —repitió el satisfecho doctor, y dándose la media vuelta inició su recorrido a la inversa, pero el roce de algo parecido a una canica cerca de la oreja le hizo dar la media vuelta de prisa, arrancando una de las esquinas de la pared, dejando al descubierto a un joven médico que se hurgaba la nariz con un dedo, “eso es poco profesional”, pensó el doctor Cabrera.
Después concentró toda su atención en buscar a quien le había lanzado el pequeño proyectil. Lo descubrió cerca de la puerta doble de vidrio que daba acceso al corredor que desembocaba en las escaleras, era un pequeño de ocho o nueve años que tal vez debió pensar que era una botarga o una mascota.
Sus ojos enfocaron al chiquillo de cabello alebrestado que lo miraba detrás de la trinchera de carne y hueso que era su madre, más carne que hueso, notó con ojo clínico el insólito médico. La aterrorizada mujer mantuvo la compostura y sólo se movió cuando vio como la enorme mole que era el doctor Cabrera se dirigía hacia ellos. El niño volaba escalones abajo mientras la mujer corría tras él, en unos cuantos minutos la distancia entre ellos era tanta que la pobre madre empezó a pegar desesperadamente de gritos:
— ¡Carmelo, Carmelo vete al auto hijo, ahí te alcanzo!
Y uniendo acción a la palabra lanzó las llaves al niño, muchos interrumpieron su enloquecida fuga y siguieron con la vista la trayectoria descrita, en cuanto se percataron de que el niño las había atrapado al vuelo y las tenía entre las manos, reiniciaron despavoridos su huida.
Mientras la mujer gritaba, un barullo de voces conmocionadas y gente corriendo de un lado a otro ponían un mayor énfasis en el caos reinante en el Instituto.
Los vendedores ambulantes acampados desde temprano en las afueras del edificio abandonaron su mercancía para salir en aterrorizada fuga. Algunos comensales de un puestecito callejero tuvieron un acceso de tos cuanto la comida se les atoró en la garganta ante el inverosímil espectáculo que les tocaba presenciar.
Esta lamentable e involuntariamente cómica escena detuvo al médico en su carrera, aun así un último coletazo hizo que las puertas dobles de vidrio volaron hechas astillas sobre el corredor de cemento, varias salieron disparadas como proyectiles y se fueron a incrustar en su cuerpo, las sacudió con las manos y recomponiendo la figura se regresó, no sin antes echar un vistazo triunfante ante el público boquiabierto que le miraba sin pestañear desde abajo, “después de la tormenta viene la calma” pensó sabiamente el Dr. Cabrera.
Contuvo el impulso de levantar los brazos y hacer una caravana ante su público improvisado, sus ojillos brillaron excitados. No era ningún bufón por eso no lanzó un rugido que hubiera sido su consagración como actor en ese momento. Con elegancia extravagante se giró, un crujir de vidrios acompañó sus pasos hasta que ingresó de nuevo en el edificio. Algo debió recordar porque ante las miradas cautivas de todos a su alrededor salió con parsimonia de nuevo. Giró la cabeza apuntando su ancha y gran nariz hacia la dirección en que había desaparecido Carmelo y aspiró profunda y ruidosamente. Las fosas nasales se le distendieron, mientras su cerebro grababa el aroma del pequeño.
Cuando pasó frente al cubículo donde las compungidas recepcionistas permanecían como petrificadas, se inclinó ante Cristi y le lanzó su aliento a pollo frito, mientras le susurraba algo al oído, ella asintió con cara de susto y se levantó dirigiéndose de inmediato al archivo a cumplir la orden de Cabrera.
Después de unos momentos todo parecía haber vuelto a la normalidad y el médico recibió a Ludivina Prudencia que con cautela entró al consultorio. La chica se le quedó mirando e hizo la pregunta que le rondaba en la mente:
— ¿En verdad es usted doctor?—
Cabrera le lanzó una mirada furibunda y resopló con potencia. Sin embargo no articuló palabra alguna, se dedicó a señalar el título colgado en la pared a espalda de la chica donde se le acreditaba como médico cirujano partero, en la parte superior izquierda del documento se exhibía una fotografía con el rostro inequívoco del médico, donde unas orejas pequeñas y puntiagudas competían en protagonismo con un par de pequeños cuernos. Ludivina Prudencia se relajó cuando constató la autenticidad de la profesión y comenzó a detallar al ahora atento doctor Cabrera sus dolencias.
Después de semanas investigando concienzudamente en la red acerca del arma con la que había sido atacado aquella infausta mañana en el Instituto, el médico Cabrera por fin había dado con una similar, no era cuestión de dinero, él lo tenía en abundancia. Era el mejor pagado, no en vano habían aumentado en gran medida las deserciones de los pacientes del hospital, quedaban tan espantados con la presencia del médico que muchos optaban por no volver jamás al Instituto, algunos incluso se cambiaban a una casa lo más lejos posible del hospital y otros, aunque estos eran más bien pocos, emigraban a otra ciudad, todo con tal de no volverse a topar con el doctor Cabrera nunca jamás. No era pues por falta de dinero para adquirirla, era la misma naturaleza del arma y de las municiones.
Tuvo que aguardar hasta el inicio de la primavera para poder hacerse con ellas, pero ahora que tenía todo, dotado de su poderoso olfato localizó a Carmelo y por supuesto también contó con la dirección que Cristi le había proporcionado del niño en cuestión, se dirigía a su encuentro. Para un caballero como él se hacía imprescindible una reparación del honor mancillado. Así que con las armas en cajas de plástico, desafortunadamente no había conseguido mejores estuches que estos, se dirigió al encuentro de su adversario, al menos así consideraba él al pequeño Carmelo.
Se vistió sus mejores galas y con aire decidido emprendió rumbo al encuentro de su destino… (Continuará)

Espera mas de Rosario Martinez en Revista Latina NC, en su columna “Letras de Rosario”.

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