Este es un relato de ficción subcontinental con algunos temas que de pronto un lector acucioso, otros le dirán supersticioso, podría asociar con la contagiosa realidad que por estos tiempos del olvido, en las alas del éter, vuela de montaña en montaña, de país en país, de continente a continente… de persona a persona. Biológica nostalgia que se dispersa entre anónimos seres, sin siquiera darse cuenta cuándo ni dónde la adquieren, portan y pasan a otros, mientras algunos discuten si es prudente cerrar aeropuertos, y muchos más se obstinan en desatender, hacerle el quite, a la medianía de medidas emitidas por las comprometidas autoridades, incapaces de contener con eficacia la histeria colectiva.
Todo indica, o al menos parece, que estamos en guerra. Pero, no en una ‘convencional’, como acuñan los expertos en genocidios. Esta es global y con más alcance y perversión que las anteriores conflagraciones mundiales. Las dos, ni sumándoles los millones de litros de lágrimas y sangre inútilmente derramados durante todos los conflictos propiciados en los últimos ciento diez años, aproximadamente, tuvieron las implicaciones que nos acarreará la actual. Esta, por ahora, es sin fusiles, tanques, barcos, aviones ni misiles. Solo usa ojivas mocosas cundidas de virus capaces de llegar, involucrar y afectar a toda la frustrada raza humana. Fuego amigo disparado a corta distancia por las gargantas de familiares, conocidos, vecinos…
La confianza (literaria esperanza) que me queda es que una vez los poderosos directamente interesados en la hecatombe (en mi sentir: los gestores de esta vil confrontación por la supremacía de los mercados y los diezmados recursos naturales, casi todos contaminados) logren reacomodarse pronto en el tablero del sórdido póker mundial, hagan una tregua y saquen ‘la mágica cura’: supuesta onerosa vacuna, paliativo mejunje, acuerdo petrolero, consecuente estabilización del dólar, distribución del mapamundi y sus rentables negocios: botines de guerra. Aunque todos sabemos, o a eso nos tienen acostumbrados, que lo hacen mientras, como en toda estúpida guerra humana, alistan la ofensiva para la siguiente arremetida, cada vez con más pesada, tenebrosa y secreta artillería. Pero, que lo hagan, que den tregua, al menos por ahora. De esa manera, por un lapso, volverán a ser los héroes del planeta: los guardianes del universo. Los sobrevivientes harán como que ignoran que fueron aquellos los causantes del contagio, mientras que una buena parte de la ambidiestra prensa les servirá de celestina a cambio de las jugosas pautas destiladas de sus deletéreas industrias. La diezmada como atolondrada población que logre salir algo ilesa les alabará, agradecerá y pagará con creses, de todas formas; ¿acaso les queda alternativa?
Intuyo que después de esta brutal arremetida ningún parroquiano de alpargatas, así sean de marca, del todo sin rasguños difícil saldrá. De pronto algunos pocos emergerán y mostrarán que sus estados físicos en nada afectados quedaron; mas no así sus enjundias. Todos, en menor o mayor proporción, tras la cuarentena, enfermos del alma estarán, abordados por el virus mortal de la nostalgia social. El estado espiritual del hombre, su mente, su raciocinio, jamás volverán a ser como hasta ayer. El humano nunca verá de igual manera a sus congéneres como lo hizo hasta entonces. Menos, si este, aquel o el otro ejerza algún escaño en las viciadas esferas del poder social, cualquiera sea su connotación. Peor será si aquel llegase a militar en las huestes de la política, la economía, los medios, la patrocinada ciencia, la milicia, o en la de los pregoneros de la fe, sin distingo de su sello comercial. Se replanteará, eso sí, sobre el valor y el heroísmo del personal sanitario, de los del servicio de limpieza, de los celadores, los cajeros de supermercados y de un sinfín de salario-dependientes héroes anónimos que pusieron el pecho y en riesgo sus vidas para que nada faltara, ni fallaran abastos ni servicios vitales.
Sobre esta pérfida guerra, tan única de humanos contagiados de ambición, tengo serias suspicacias, literarias, desde luego, insisto. Esta tiene dos estadios, el antes y el ahora. El antes, y en síntesis, tiene que ver, entre otras tantas, con ciertas filtradas declaraciones de algunos altísimos funcionarios de poderosas organizaciones creadas, precisamente, para garantizar la vida digna de todas las personas, sin distingo alguno, menos de clase social, edad ni nacionalidad, unas; y para hacer sustentable la economía, la estabilidad y el desarrollo en el mundo, otras. No obstante, dizque «para que ‘el sistema’ sea sustentable y garantizar la sobrevivencia de todos», algunos de esos altos directivos, de unas y otras de esas organizaciones, emitieron voces de alerta encontrando posibles culpables… entre estos, ¡a los viejos!, quienes, precisamente por ser viejos, y cargar el lastre de al menos una catastrófica maluquera, por no generar ingresos y a cambio demandar recursos para su costoso tratamiento, imparajitable manutención y vitalicia pensión, sobre todos los de menor linaje social, «¡al no morirse rápido!», representaban un problema socio-político-económico-sanitario que «hay que solucionar ya…»
Ahora aparece una infernal arma que tiene perversos comportamientos humanos, ‘a su imagen y semejanza’, propulsada, amén de ser un virus, por las bacterias del egoísmo y la ambición desbordada. Esta, tal parece, es más efectiva, principalmente, contra la gente mayor, es decir, en chaguaniceño romance, contra: «Aquellos de lento y trémulo andar, elemental y pertinente sabiduría al hablar, pero, con heridas en el alma imposibles de sanar», allá en mi pueblo a Eva Pico, mi partera, eso le escuché de niño. Es innegable, casi palmario, el componente estratégico-táctico-militar-económico-político de este biológico misil de limpieza social: es invisible, insonoro, indetectable, infalible, selectivo, ataca por sorpresa y en donde menos se espera; es letal, llega al blanco con milimétrica precisión triangulada e irreversibilidad en el disparo; dispersa terror masivo y sin control; pero, lo peor, se multiplica con cada víctima, y muy pocos, ni sus mismos genios lo pueden contener del todo; al menos, al parecer, mientras no tuerza su rumbo y se equivoque en el rango de edad de sus planeados blancos, y me refiero a bastones y canas colocados en la diana.
¡Qué curiosa como morbosa casualidad! Al parecer; y quizá solo sea, ¡otra vez!, mi calenturiento sentir literario, insisto; en algunos protocolos, cuando en una crisis, como en las pandemias, se llega al ‘estado de guerra’, unas pocas autoridades toman la decisión de quién va a morir y a quién darle asistencia prioritaria; o sea, salvarle la vida. Y en el actual caos biológico, tal parece que la prioridad desfavorece a los vejestorios, con mayor razón si de algo sufren, que siempre de algo padecerán… dizque porque estos, «una vez infectados, ¡no tienen cura!, y de eso o de algo más pronto morirán…»
Ojalá este solo sea un relato de ficción subcontinental más. Se evitaría, entonces, que de pronto ese infecto ratón de probeta, en un humano descuido, se les escabulla por entre la alcantarilla del recóndito laboratorio donde fue engendrado, y se les multiplique libremente. Imagínense que lo llegase a hacer en tan nauseabundo como oscuro hábitat virgiliano… con tantas almas perversas y en pena por ahí.
Me causa, además de las anteriores suspicacias, también inquietud… o tan solo sea una mera intuición de ficción literaria, insisto, que en plena pandemia haya ejercicios e intimidantes demostraciones militares en Europa y Asia, con soldados inmunes al virus, armados hasta los dientes; que China y Cuba se solidaricen a manos llenas con las ponzoñosas catástrofes que padecen Italia y España, mientras organismos rectores del orden mundial les niegan socorro a otros misérrimos pueblos porque sus gobiernos están por fuera de su línea política; el bajo nivel de contagio, y de víctimas, en Rusia y Alemania (hasta ahora); que al actual gobernante de los descendientes de Raskólnikov, con la segunda fuerza letal en alistamiento de primer grado, poco querido en occidente, ¡al parecer!, algunos ortodoxos que antes lo criticaban y censuraban, le reconozcan sin ambages por su férreo y contundente liderazgo; que producto del libre comercio, ameba que lo engulle todo, se hayan suscrito ‘curiosos’ acuerdos comerciales entre China, Rusia e Italia… un duro golpe para las finanzas internacionales occidentales, en especial para las empresas relacionadas, ayer y hoy, con los hijos, allegados, socios y paisanos de los Babbitt; que en plena crisis por el virus haya una feroz guerra paralela entre los amos del petróleo, sin que les importe un comino, ni siquiera ‘Tres guineas’, la suerte del mundo, en especial, la de las economías débiles, que los son todas las de los países tercermundistas, casi el noventa por ciento de la sociedad global, en la feroz mira del contagioso misil vía estornudos…
Pueblos, estos últimos, durante más ‘Cien años de soledad’ dizque «en vías de desarrollo», en los cuales su gente, engarruñada por el pánico, objeto del endémico rebusque y la filosofía de actuar con ventaja, trastoca sus antiguos principios y composturas, saliendo a flote eso mal llamado ‘malicia indígena’. Es el caso, por solo referirme a dos de estos, del farmaceuta amigo, el del barrio, el bonachón de don Jeremías. Por un solo tapabocas, hecho en casa y sin garantías, ahora está cobrando lo que una gruesa ayer valía. Ni qué decir de don Ananías, el señor de la ferretería, el de los cables, las grapas y la tornillería. Sacó al andén un estante repleto de frasquitos de 500 ml, dizque con gel anti-bacterias. Curiosamente, aunque no tienen etiqueta, menos registro sanitario, los está vendiendo como pan caliente a un precio astronómico. Fui por el mío… pero hay una cola que le da la vuelta a la manzana. Todos quieren tener al menos uno, antes de que se acabe la primera producción casera; como desapareció en un santiamén de los anaqueles de las grandes superficies el papel higiénico, el alcohol, el arroz, los enlatados y… ¡todo!; hasta la loción para después de la afeitada, al tener «algo de desinfectante», justificaban dos compradores que se peleaban por ahí la última de esas latas que quedaba.
Si esta no es una guerra global peor que las dos anteriores, incluyéndoles los desgarradores e injustificados conflictos del ignominioso siglo XX y lo que va del frenético XXI, entonces, ¿qué es? Creo, en mi disparado sentir literario, insisto, que si el virus no logra reposicionar rápido a las potencias como lo quieren y demandan sus enconchadas cabecillas, llenándoles aún más sus gigantescas como hediondas alforjas, al tiro de reventar, pronto rugirán de nuevo los fusiles y los hambrientos misiles surcarán los cielos, apesadumbrando el día e iluminando con sus mortecinas detonaciones las tristes noches que le quedarían a esta, una especie que lo tuvo todo, desgraciadamente contagiada, sin lenitivo ni cura alguna, con el peor de los virus… $$. Este, clonado con la más mortífera de las bacterias: la sinrazón, subproducto nocivo de la inteligencia humana; la misma que instigó el amotinamiento en cárceles colombianas, en esta, ‘La mala hora’, no solo de algunos reclusos ante el pánico del apeñuscado contagio, sino la de los nerviosos guardianes que les dispararon para controlar el caos…
Solo ruego para que este no pase de ser lo que es: ¡un relato de ficción subcontinental! De no serlo, dejo esta constancia literaria para las futuras generaciones, ¡de haberlas!

Bogotá, D.C., 24-03-2020

Espera más de Wilson Rogelio Enciso en su columna mensual “Cuentos subcontinentales”. (relatos de ficción, pero, como sacado de la realidad latinoamericana) en Revista Latina NC.

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