Manos que en mi tierna infancia me arrullaron
sus suaves caricias mi llanto calmaron
su tierno arrumaco curó mis angustias
limpiaron pesares, enjuagaron lágrimas
sanaron heridas que vienen adjuntas
con muchas sonrisas, con muchos pesares

Esas manos lindas, tallaron mi cuerpo
enjuagaron mi alma de los sinsabores
peinaron mi pelo, me dejaban linda
presta para la escuela, lista para el juego

Untaban la crema de arriba hacia abajo
como que, al frotarla, sus manos danzaran
con un baile suave, que el cielo alcanzara

Con mucha ternura frotaron mi pecho
cuando aquellas gripes rasgaban de adentro
sus santas manitas, lo curaban todo
postrándose suavemente en la frente
para diagnosticar temperatura, fiebre y males
que traen los inviernos, los gélidos tiempos

Presionando estómago, buscando señales
de daños visibles o diagnosticables
decía mi madre: ¡es cólico de frío o retortijones
que tienes calambres, que tienes dolores
que traes raspaduras, estómago inflado,
garganta infectada, reumas por los fríos,
lastimado el pie, torcida de mano!
¡
¡Nada que tu madre no pueda curar!

Al sobar mis huesos un poco maltrechos
por los tanto golpes y roces expuestos
sus santas manitas llegaban tan prestas
a brindar alivio, a ofrecer alivio
a sobar despacio, para acomodar
frotando y brindando calor y consuelo
Ahuyentando penas, quejas y dolores
trayendo la calma, la paz y sosiego
que sólo una madre nos puede otorgar

Las manos de mi madre, conocían mi cuerpo
conocían mi alma, eran parte de mí
al acariciarme o al abrazarme
tenían ese don, de dar nuevo aliento
de brindar calor, prodigar amor

Un día esas manitas estaban cansadas
su piel revestida de arrugas marcadas
con tonos palpables de color morado
mostraban el tiempo, el camino andado

Manos fatigadas, viejas por los años
estando en reposo, bajaron su ritmo
calmaron sus ansias de cambiar al mundo
no lavaban trastos, ni hacían los quehaceres
ni los alimentos, ni tendían las camas

Estaban quietecitas, esperando a quien acariciar
con su toque mágico, cambiando pesares
brindando esperanzas y calmando males
manitas benditas con las que aún puedo soñar

Una deuda eterna tengo yo con ellas
y un compromiso que debo enfrentar
de dar a mi gente todo ese cariño
que el roce y cal, que al cerrar mis ojos
con mucho cariño las puedo evocar

Hoy esas manitas, quedaron tan quietas
junto con su cuerpo reposan por siempre
palidez y frío cubrieron su cuerpo
¡el frío de la ausencia, el frío de la muerte!

Queda de consuelo, ya no está sufriendo
y voló su alma con el redentor

Espera más de María del Refugio Sandoval Olivas en su columna quincenal “Tintero del corazón” en Revista Latina NC.

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