La vejez es una enfermedad como cualquier otra en la cual al final uno muere irremisiblemente.
Alberto Moravia

Salí de mi trabajo en una tarde de ventisca en New York. Para acortar el camino a casa atravesé el Central Park, pero, la ráfaga de viento helado de un momento a otro se tornó en tormenta invernal. Casi sin poder ver me guarecí dentro de un gran tronco hueco. Gateé, y sentí el frío húmedo de la grama que cargaba la nieve, luego lo estriado de la madera muerta donde me imponía a entrar de nalga porque me daba grima el no poder ver los últimos rayos de luz que iluminaban el cielo grisáceo. Le tengo pavor a las arañas y a los reptiles, en otras circunstancias hubiera sinceramente obviado el reptar en un lugar desconocido y hubiese tenido las agallas de avanzar hasta mi departamento. Sin embargo, la nieve caía pesada y rápida que no me dio oportunidad de llegar a un lugar civilizado más allá de donde me encontraba.
Una vez dentro del tronco, sentí una mano que me sostuvo el pie y grité, grité muy fuerte, tanto, que quien agarraba mi extremidad gritó también. Los dos gritos retumbaron rugosos dentro del tronco pero luego, al vernos cara a cara nos dimos cuenta que nuestras expresiones causaban risa en lugar de susto.─ Vamos chiquilla no tengas miedo─ bramó la voz cantarina y compasiva, de rostro limpio y castigado por el paso del tiempo. Levantando un farol, se presentó como Agustina, sin apellido.─ Así no más, dijo─ para luego acotar con voluntad y de forma contundente para que no quepa duda: ─Este es mi tronco, te puedes quedar hasta que pase el mal tiempo─ Poniendo la punta de su índice sobre mi nariz lo confirmó y, con la otra mano me ofreció parte de un sándwich de tomate y queso. No puedo negar que tuve aprensión, y que el miedo se escurría por los cuatros costados de mi helada humanidad. A pesar de esa sensación de incomodidad la mirada de la anciana me cautivó, ella también se veía tan desconfiada como yo. Poco a poco una palabra se unió a la otra y las frases se tornaron en una continua conversación que giró toda la noche bajo el sonido de la borrasca fría que recorría el parque. Alrededor de su tarea titánica de hacer artículos con la envoltura de los caramelos para ganarse la vida, me comentaba de su anhelo frenético de comprarse un vestido nuevo. El que usaba estaba desgastado, no podía decir que de mal gusto, porque en su época la tela y los colores denotaban que había costado algo más que un par de dólares. El suéter de lana con puños de seda seguramente tenía una historia y el patrón floreado de fondo verde oliva de la falda que sobresalía, iluminaban una figura esbelta de un tiempo donde la moda era una revolución de estilo. Sus piernas largas las vestía con medias de lana de un oscuro desabrido y sus pies, calzaban botas de combate negras que la sujetaban al piso comentando a modo de broma.
Ahora que recuerdo, me gustaba su estilo, me agradaba ella y su humor estructurado. Desde que la conocí esa tarde de ventisca invernal, me cautivó su gentileza y las historias infinitas que contaba sobre los japoneses, los parisinos, los mongoles, los latinos, y sobre un sinfín de libros que todavía le faltaban por leer. Leía en la biblioteca todas las tardes en la New York Public Library sin falta.
Lamentablemente, la muerte la apartó del mundo, como la vida lo hizo de aquello que ella amaba. Todo terminó en un segundo; justo, el día que la quise sorprender con un almuerzo y un vestido de encaje rosa. El invierno había cedido, la nieve se diluía por los puñados de sal gorda en las zonas más transitadas del parque. En lugar de encontrarla en el tronco que se había convertido en su guarida, encontré un cuerpo masacrado por el infortunio a orillas de The Lake, un lugar emblemático de rincones preciosos que a Agustina la calmaba cuando por su edad se sentía agobiada. Cuando la vi tirada en la grama, su forma fetal me hizo temer lo peor, y sí, lo peor llegó en el peor momento para mí. Cuando vi su cráneo pintado por la sangre que rodaba como lágrimas rojas sobre su rostro, quedé inmóvil. Me tapé la boca, el grito se ahogó entre mi garganta y mi estómago. No salió, solo yo lo escuche, lo sentí como la espada negra de los mongoles arrasando con los cuellos de sus oponentes; rápida, feroz, implacable.
Llamé al 911, los paramédicos del Central Park llegaron, y así como llegaron se fueron. Después de que se llevaron a mi querida Agustina, me quedé sola viendo los reflejos de los edificios del Upper East reflejarse sobre las aguas y pensé que ya no habría alguien con quien jugar al ajedrez o conversar sobre el arte que rodeaba la ciudad. Agustina sabía mucho de muchas cosas, me admiraba su elocuencia y su costumbre de darle valor a las cosas más pequeñas. No hablaba sobre su pasado, nunca lo hizo desde que la conocí. Sus interminables historias sobre New York me fascinaban, y su compañía me hacía tanto bien, como supongo que la mía le hizo a ella. Al salir de mi trabajo pasaba a visitarla en su tronco hueco, cuando no la encontraba sabía que estaba en la biblioteca o aseándose en uno de los albergues cercanos. Varias veces la invité a mi departamento para ver películas de misterio que tanto le gustaban, pero se negaba y prefería que la invitara al cine. Le gustaban mucho las palomitas de maíz, decía que su olor le recordaba al único cine que había cuando era niña en su ciudad. No supe de donde era, no lo reveló jamás a pesar de que habíamos hecho buenas migas.
Mirando hacia un punto perdido, comprendí que la vida está llena de matices y es de un delicado equilibrio, que es una aventura y que en ella hay cabida para todos los sentimientos que nos hagan feliz. De forma contundente asimilé una frase que mi anciana amiga mencionaba con frecuencia “hay que saber aguantar el paraguas cuando llueve” y eso es lo que hizo Agustina. A pesar de que sus días habían terminado de tajo, Agustina no se merecía la sentencia de morir sola en su vejez. Ella era el resultado de un sistema incapaz, egoísta y perverso. La crueldad de la sociedad que la rodeo, la había forzado a vivir en una trágica comedia, la había rechazado de una manera obstinada por ser octogenaria, eso me aniquilaba por dentro, me enfurecía. Agustina sin apellido, mi amiga ochentona se había ido. Y con ella se fueron sus limitaciones, sus consejos de cura por amor y el deseo de estrenar un vestido nuevo.
Poco después de esta desdicha, regresé a mis viejas costumbres, pero nunca he olvidado a la mujer de ojos azules cuyos parpados acunados por las experiencias de la vida, cuya mirada dulce y bondadosa abordaba la esperanza de vivir cuerda todos los días.

Margarita Dager-Uscocovich

“En tiempo como estos necesitamos
el uno del otro, porque cuando te duele
el alma, el cuerpo tambien duele”
-Mitra Amore-
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