Cuento Asesinato en Navidad – Final–

Por Rosario Martínez

– ¿Qué no desean saber quién asesinó esta noche a su padre?

La pregunta los dejó pasmados y fue Sofía quien rompió la tensión del momento al preguntar con incredulidad

– ¿Lo saben ya? ¿Tan rápido? ¡Eso no puede ser posible!

– ¿Por qué no puede ser señora? Solo alguno de los presentes pudo dar el veneno al señor Joaquín Valladolid, y descontando a los empleados que no son sospechosos, al menos no los principales, solo quedan ustedes seis, así que les vamos a dar a conocer nuestra teoría de quien lo hizo –le contestó Ortega con seriedad.

–Pudo haber sido Abelardo, quien padeció toda su vida la subordinación a su hermano mayor, tal vez estaba resignado a su papel del segundo de a bordo, hasta que sucedió algo que lo hizo sobrepasar su límite de tolerancia, el cortejo insolente del que su hermano hacía objeto a su mujer –prosiguió Ortega con su hermosa voz, mientras clavaba la mirada en el menor de los hermanos Valladolid.

–Como Caín y Abel, solo que ahora, al contrario –musitó reflexivamente Claudia. Lucrecia lanzó un chillido de protesta y gritó enfrentando al detective y a la mujer de su sobrino.

– ¡Eso es falso! Joaquín nunca me pretendió, la muerte de Paulina ocurrió hace solo cinco meses, además el trato entre nosotros era solo de parientes, y sí, es cierto que a él le agradaba mi compañía, porque las otras le resultaban demasiado desabridas y reprimidas –exclamó mientras lanzaba una mirada despectiva a Claudia y a Sofía, éstas la ignoraron, era solo una advenediza que había logrado atrapar al pelmazo de Abelardo y ahora ahí estaban las consecuencias.

–Mi Abe sabía bien que yo lo visitaba y porqué lo hacía, además, aunque él se me hubiera insinuado –aquí su voz tomó un matiz tan sincero que conmovió a Miranda –Yo nunca podría haberte hecho eso Abe –hablaba como si en el salón solo estuvieran ellos dos,

– ¿Quién sino tú me ha amado hasta hoy? Y solo por eso mereces mi absoluta fidelidad –mientras decía esto tomó de las manos a su esposo, cuyos ojos estaban empañados por las lágrimas.
Al parecer sus palabras no causaron el mismo efecto en Esteban porque este aplaudió y dijo con sarcasmo – ¡Bravo tía! sin duda no has olvidado tus dotes de actriz, ¿o qué no fue de una carpa de circo de donde te sacó mi tío?

Abelardo iba a contestarle a su sobrino cuando Miranda lo interrumpió.

– Abelardo estuvo cerca de las copas al momento de ser servidas, al igual que todos ustedes, aquí hizo una pausa al tiempo que encaraba uno a uno a los presentes –porque todos pasaron por la biblioteca, ¿o me equivoco? Ustedes, –dijo mientras señalaba a Mauricio y a Esteban –fueron los primeros en entrar, tuvieron tiempo de sobra para colocar el veneno antes de que su tío llegara, tal vez no sea solo uno el asesino, quizá sean dos los que actuaron en complicidad –el rostro de Mauricio estaba encendido de ira, parecía a punto de explotar y dio un paso amenazante hacia Miranda, pero Ortega se interpuso y con voz enérgica lo contuvo: –Será mejor que se tranquilice señor Valladolid, solo hacemos nuestro trabajo, le sugiero que se calme, la señorita Bécquer representa a la autoridad.

Claudia colocó las manos sobre el pecho de su marido en un intento por calmarlo, él la rechazó con brusquedad, sin embargo, no dijo nada.

Esteban quien parecía el más sereno de todos preguntó:

–¿Y por qué habríamos de hacerlo? era nuestro padre, teníamos una buena relación con él, incluso trabajamos dentro de las empresas familiares, y si revisan nuestras finanzas podrán darse cuenta de que ni Mauricio ni yo tenemos problemas económicos ni ofensas de parte de papá de ningún tipo, somos una familia convencional y bastante unida, sobre todo antes de que mamá muriera, les sugiero que se conduzcan con mayor cuidado antes de lanzar una acusación de asesinato sobre todo sin tener prueba alguna –mientras decía esto miraba fríamente a Miranda y a Ortega. Parecía no haber duda sobre cuál de los dos jóvenes señores Valladolid era el cerebro.

Sofía apoyó las palabras de su marido – Esteban tiene razón en lo que acaba de decir, solo hemos escuchado conjeturas, suposiciones, nada en concreto, ¡creo que ustedes no tienen ni idea de lo que pasó! además don Joaquín –aquí tuvo a bien hacer una pausa que pretendía demostrar cuan afectada estaba por el deceso de su suegro –pudo haber muerto de otra causa, ni siquiera hay la certeza de que haya sido envenado, no pueden retenernos en esta casa por más tiempo, y menos aún llamarnos asesinos sin razón, ya nos encargaremos de presentar nuestra inconformidad ante sus superiores por la actuación tan lamentable que han tenido esta noche, ¡Por dios! –Añadió con fingida emoción – ¡Es navidad!

–Gracias por recordárnoslo señora Valladolid, –dijo Miranda con ironía –pero creo que no era necesario, precisamente por ser navidad es que ocurrió el asesinato, porque según la opinión del doctor Arenívar su médico familiar, Don Joaquín murió envenenado, lo que esta noche pretendemos el detective Ortega y yo es saber quién de ustedes fue el responsable, ¿le parece mejor esta palabra Sofía? –Agregó Miranda con sorna, –Y tengo entendido que fue precisamente usted la que tomó la copa de la charola para dársela a su suegro, ¿es así? –Miranda se dirigía a la mujer con autoridad, – ¿es así? –, repitió, Sofía asintió lentamente con la cabeza al tiempo que murmuraba un quedo sí, y añadía con cara de preocupación

–¡Pero yo no puse nada en su copa!, no podría haberlo hecho a la vista de todos, ¡es un absurdo! –se volvió para encontrar apoyo en Esteban que le lanzó una mirada de advertencia para que guardara silencio, parecía un poco amedrentada por la detective Bécquer, Ortega admiró la manera en que su compañera controlaba la situación.

Miranda los observó unos instantes y luego repuso con seguridad, –Supongo que casi todo lo que han dicho es cierto, solo quería ver cuál era su reacción, para tener la certeza de mis deducciones.

–Entonces ¿podemos irnos ya? –dijo con enojo Mauricio al momento en que tomaba sin miramientos a Claudia por el codo.

–No aún no, como les dijimos al principio el asesino está entre ustedes –un murmullo de indignación brotó entre los presentes.

– ¿Y quién fue? si lo sabe ¡dígalo de una maldita vez! y deje de estarse haciendo la interesante o permítanos marchar, esto me parece un atropello –exclamo Abelardo con desesperación.

Pasaron unos segundos que parecieron alargarse en la habitación destinada a la lectura y al conocimiento, las paredes lucían cubiertas de grandes libreros repletos que se prolongaban hasta casi tocar el techo, la alfombra era de un suave tono neutro, sillones de cuero negro, que en ese momento estaban solo parcialmente ocupados, el mini bar frente a la puerta de acceso, en el cual se apoyaban todos los señores Valladolid con la tensión grabada en sus facciones y las damas sentadas en los brazos de los sillones, de manera poco elegante y formal, el maquillaje se les notaba ajado y un rictus de ansiedad dominaba sus semblantes. Ortega y Miranda se encontraban de pie observándolos fijamente, dando la espalda a la puerta abierta.

Por respuesta Miranda les pidió que mostraran las manos con las palmas hacia abajo, hubo un momento de desconcierto, voltearon a verse entre sí perplejos ante semejante petición, incluso algunos menearon la cabeza con exasperación, pero finalmente seis pares de manos se extendieron ante los detectives, tres de hombres con las uñas perfectamente cortas y otros tres con uñas largas y artificiales, un par con uñas sobrias y dos pares más con uñas repujadas y llamativas, las de Lucrecia y Claudia, ésta última las retrajo rápidamente.

–Eso no era necesario señora Valladolid, lo noté desde que la interrogué la primera vez, le faltan piedras a las uñas de su mano izquierda en sus dedos índice y medio, una a cada uno de ellos, ahí estaba oculto el veneno.
Mauricio miró a su mujer con rabia y sorpresa y con un grito la encaró:

– ¿Es verdad Claudia, fuiste capaz de acabar con mi padre? –Y sin tomar un respiró ni darle tiempo a contestar prosiguió, –¿Por qué? ¡Contesta de una vez! –y zarandeó a su mujer por los hombros, ella se defendió diciendo

– ¡No, no fui yo! esta mujer miente, no tiene ninguna prueba de lo que está diciendo son solo conjeturas, inventos, y suéltame de una vez, –su voz era amenazante y controlada.

– ¡No vuelvas a ponerme una mano encima!

Miranda intervino –Es inútil que lo niegue Claudia, desconozco sus motivos, pero la prueba está en sus uñas, habrá quedado rastro del veneno sobre ellas, un análisis del laboratorio podrá comprobarlo. En ese momento Juana entró llevando un cortaúñas y Ortega se aproximó a Claudia, la elegante mujer gritó enfurecida, – ¡no me toque estúpido policía! Luego se volvió a todos los miembros de la familia y con voz descompuesta dijo: –¡Sí, fui yo!, me enteré casualmente una de las veces que vine, cuando escuché una conversación entre ellos, que el senil de tu padre pretendía apoyar a tu tío Abelardo en sus descabellados negocios gracias a los buenos oficios de la zorra de Lucrecia. Nos habría dejado en la ruina, para cuando muriera, el grupo Valladolid habría sido solo un recuerdo, y después de tanto aguantar tu maltrato y la miseria en que se convirtió mi vida a tu lado – esta vez hablaba de frente a Mauricio –todo habría sido por nada.

Mauricio dejó caer los hombros y su mirada se tornó vaga como si lo hubieran golpeado y no atinara a reaccionar coherentemente.

Ortega interrumpió el drama al dirigirse a Claudia –Esta arrestada por el asesinato de Joaquín Valladolid.

Sofía tomó de la mano a Esteban, este la atrajo hacia sí y la rodeó con los brazos mientras la besaba con ternura en la frente; Lucrecia abrazó a Abelardo con actitud protectora, mientras le murmuraba unas palabras de consuelo al oído, solo Mauricio permaneció inmóvil sin saber que hacer mientras Claudia con las manos esposadas era conducida por Ortega hacia la puerta de la mansión.

Las luces del frente de la casa habían sido apagadas, tratando de ocultar la presencia de la camioneta del médico forense. La prensa acechaba afuera de la caseta, parecían moscas que olían la presencia de la muerte, varios reporteros algunos ataviados con traje de fiesta esperaban con impaciencia la salida de la camioneta o de algún miembro de la acaudalada familia. Los guardias del exclusivo fraccionamiento Fontana Estelar se habían tenido que emplear a fondo, recordando sus viejos tiempos en la milicia para impedir que se colaran los siempre ávidos reporteros. A saber, cómo se habían enterado del asunto, pero ahí estaban los flashazos de cámaras dispuestas con telefotos que se disparaban una y otra vez interrumpiendo la oscuridad de la noche.

Estacionados calles más adelante bajo la luz de uno de los focos del alumbrado público, Ortega decía a Miranda – ¿Cómo lo supiste?

–Sus uñas, no concordaban con su personalidad, eran demasiado llamativas parecían más acordes con Lucrecia, lo noté desde que la vi llorar cuando la interrogué la primera vez, además ella les había regalado las copas personalizadas a los padres de su marido así pudo asegurarse de no poner el veneno en la copa equivocada y es la más alta de todos, así que Claudia fue la que colocó la biblia fuera del alcance de Joaquín y Abelardo, sabía que en una fecha como hoy la biblia tendría que estar abierta dada la religiosidad de los señores Valladolid, y que al sacarla los demás libros se desequilibrarían y podían caerse, eso le sirvió de distracción para poner las cápsulas, por eso escogió esta fecha, ¿Qué triste no? –dijo con pesadumbre Miranda, Ortega le posó una mano en el hombro y dijo –Vamos Bécquer es nuestro trabajo –y añadió con cautela –te invito a cenar.

–¿A dónde Ortega? olvidas que hoy es navidad, no encontraremos ningún sitio abierto.

El hombre sonrió con timidez y le contestó –Conozco un lugar que sí abrirá esta noche.

–¿Ah sí? y ¿Cuál es? –preguntó ella intrigada.

Mi casa –dijo él con seriedad.

Miranda no le contestó, solo tomó el celular y marcó el número de sus padres –No podré ir mamá lo siento, tengo un asunto importante que atender, pero estoy bien, los veré mañana, ¡Feliz Navidad! los amo.

Cuando colgó Miranda dijo a Ortega, –estoy lista, ¿Nos vamos?

Espera mas de Rosario Martinez en Revista Latina NC, en su columna “Letras de Rosario”.

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