–Debió estar en el vino –dijo Ortega. Bécquer asintió.

–Pero, ¿cómo llegó ahí? Juana dice que las mujeres no se le acercaron, el anciano no bebió ni comió nada antes de tomárselo, todos atestiguaron el momento en que Claudia sirvió las copas. La empleada dice que ella las lavó y secó un poco antes de que los invitados llegaran, siempre estuvieron a la vista, Pedro y las empleadas no entraron a la Biblioteca. Don Joaquín permaneció sentado en su lugar desde que su familia llegó.

Nadie estuvo solo en la Biblioteca. Mauricio y Esteban entraron juntos, luego llegó Abelardo, más tarde Lucrecia y por último Sofía y Claudia, ésta sirvió el vino, pero fue Juana la que llevó las copas y todos iban con ella para reunirse con don Joaquín en la sala. Ortega seguía las reflexiones de su elegante y bella compañera, en momentos así era cuando olvidaba la gran diferencia económica que había entre ellos.

– ¿Por qué Bécquer? el motivo detective, si damos con él tendremos a nuestro asesino.

Miranda lo vio agradecida, la objetividad de Ortega siempre la centraba en lo esencial, pero no tenían mucho tiempo, sin duda había enormes cantidades de dinero de por medio, pero aquello le parecía algo más que ambición. Además, el testamento tardaría mínimo un mes en abrirse y para entonces todos los hechos y detalles podrían haber ser modificados, así que se centrarían en el cómo y cuándo, sacó de su bolso de mano los guantes de plástico que por defecto profesional llevaba siempre.

Era estúpido de su parte no haber reparado antes en el pie de la copa que asomaba por debajo del sillón, la tomó con aversión y la colocó dentro de una bolsa de plástico, una bella J la decoraba, habría que mandar analizar el resto de lo que quedara en ella, aunque al parecer estaba vacía. Las otras seis copas lucían desperdigadas por la sala, sobre la chimenea estaban las de los hijos de Don Joaquín, descuidadamente colocada sobre una mesita lateral la copa con la L y las de Sofía y Claudia reposaban vacías en la charola de plata que Juana depositara sobre la mesita del centro.

Miranda fue a la cocina el asunto no era cuestión de ese día debía tener raíces y quien mejor para contarle lo que habían visto, que los invisibles convidados de palo, como solían pensar los señores que eran los empleados.

– ¿Quién de los parientes del señor venía con mayor frecuencia? tal vez ayer, durante la semana pasada.

Pedro tenía una cara digna y serena, parecía estar ejecutando un papel en una obra, Miranda pensó que una personalidad como la suya no iba con el trabajo que desempeñaba, dejó de divagar cuando lo escuchó decir:

–Los señores Mauricio y Esteban vienen casi a diario, las señoras no suelen venir tan a menudo, bueno al menos no las nueras, –a Miranda no le pasó desapercibido como desviaba por un breve instante la mirada, luego enfocó de nuevo su atención en ella–.

–Su hermano el señor Abelardo y la señora Lucrecia venían más seguido, sobre todo últimamente –aquí Ortega lo interrumpió –¿A qué se refiere con últimamente?

–Hará cosa de uno o dos meses en que venían casi a diario, y si no lo hacían Don Joaquín los mandaba llamar, solo que a veces Don Abelardo no podía venir, por sus negocios y llegaba sola la señora Lucrecia –el ligero titubeo de las últimas palabras no escapó a los entrenados oídos de los detectives.

– ¿Y qué hacían el hermano y la cuñada en las visitas, Pedro?

– ¡Yo que voy a saber! –exclamó con cierta impaciencia el empleado.

–Ellos se encerraban en el despacho, en otras ocasiones Don Abelardo se iba a leer a la biblioteca, él no es muy dado a la conversación y a la música como su mujer, así que prefería ir a la biblioteca.

–Mientras su esposa y su hermano platicaban en la sala, ¿es así Pedro? –la voz de Miranda era inquisitiva y demandante, sentía que tenía un cabo entre los dedos y no deseaba que de tan diminuto como era, se le escapase, sostenía con firmeza la mirada del hombre.

– ¿Es así Pedro? –repitió con vehemencia.

Pedro pudo haber mentido pero el viejo que yacía en su elegante sillón como un muñeco de papel maché de lo rígido que empezaba a ponerse no lo merecía, a su juicio que se había ganado a pulso lo que le pasó.

–No señorita, Don Joaquín y Lucrecia se encerraban en el despacho a platicar –ni a Bécquer ni a Ortega se les escapó la voluntaria omisión de la palabra señora al referirse a Lucrecia.

– ¿Y dígame esto era en presencia del señor Abelardo, o cuando su cuñada venía sola?

Pedro se removió incómodo en la silla de la cocina como si estuviera deseoso de salir de ese asunto de una vez y que se fueran esa elegante mujer y el hosco joven con sus preguntas a otro lado y a él que lo dejaran en paz, pero eran la autoridad, y no le quedaba más remedio que contestarles.

–Ya le he dicho que en ocasiones venía solo la señora Lucrecia y entonces se reunían los dos en el despacho.

El turno del interrogatorio era ahora para Abelardo, Ortega era quien hacía las preguntas, a pesar de su tono neutro y profesional, Miranda sabía que sentía cierta incomodidad por el cariz tan personal de algunas de ellas.

– ¿Estaba usted enterado de las visitas que su esposa, la señora Lucrecia, hacía durante las últimas semanas a su hermano?

Abelardo estaba pálido, parecía extenuado, pero se mantenía controlado –Por supuesto, mi esposa negociaba un respaldo financiero para que pudiéramos iniciar un negocio en forma independiente del grupo Valladolid, pretendíamos que Joaquín fuera nuestro aval, por eso es que ella venía con frecuencia, era la que disponía de tiempo, para enterarlo de todos los trámites que habíamos hecho, yo solo la acompañaba en ocasiones.

– ¿Sabían los demás de esto?

–Desconozco si Joaquín les había comentado algo, por nuestra parte esperábamos estar seguros de que se concretaría para informar al resto de la familia.

– ¿Cuál cree que hubiera sido la opinión de sus sobrinos si se hubieran enterado? –dijo Ortega, Miranda los escuchaba de pie, recargada en el marco de la puerta, desde donde podía observar al resto de la familia, tratando de adivinar cuál habría sido su reacción ante lo que pretendían Abelardo y su esposa.

–No lo sé –dijo el señor Valladolid, esforzándose por mantener el contacto visual con el detective Ortega.

Al ser interrogados los demás negaron estar enterados de la negociación que Abelardo y Lucrecia pretendían realizar con Don Joaquín, y sí, sabían ya, a menos de que su padre hubiera decidido realizar cambios de último momento quienes serían los herederos, cuarenta y cinco por ciento de las acciones para cada uno de sus hijos y el diez restante para su hermano menor Abelardo.

El tiempo transcurría y Miranda sabía que estaba pasando algo por alto, había un detalle que no lograba hacer consciente, pero del cual se había percatado, se esforzaba por acomodar los elementos de que disponía para organizar la información en su mente. No les quedaba mucho tiempo para seguir reteniendo a los familiares, la mayoría de la investigación de rigor había sido realizada.

Ortega a su vez repasaba las notas tomadas, y se percataba de la inquietud de su compañera, veía como empezaba a tornarse en ansiedad. Tenía que haber sido uno de los presentes, pero ¿Cuál de todos? Uno a uno los familiares que permanecían sentados se habían ido poniendo de pie, impacientes por irse del escenario de la muerte. Miranda los observó, notó que las mujeres eran más altas que sus esposos. Al parecer la baja estatura era una característica de la familia Valladolid. Vestían de gala, con elegancia y con sobriedad excepto Lucrecia. Mostraban el semblante alterado ¿Qué faltaba por averiguar? ¿Qué había pasado en la biblioteca?

En un último esfuerzo Miranda llamó a Pedro al lugar de los hechos, de prisa se dirigió a la biblioteca seguida de Ortega, recorrió con mirada apremiante la habitación y la descompostura de algunos textos llamó su atención, ante el riguroso orden que guardaban los demás.

Sin saber exactamente que buscaba interrogó una vez más a Pedro.

– ¿Hay algún detalle que haya cambiado en este sitio? ¿Por qué están esos libros en desorden? ¿Notó algo diferente esta mañana? Su voz transmitía la urgencia, Ortega seguía el rumbo de sus ideas.

– ¡La biblia! –Exclamó Pedro, haciéndose eco de la pasión y urgencia de la detective.

– ¿Qué pasa con la biblia? –Interrogó Ortega.

–Esta mañana no estaba en el porta biblias, me pareció extraño ya que Don Joaquín siempre la tenía abierta, pero con todos los preparativos de la cena no me volví a acordar.

–Dígame Pedro, ¿entró en el transcurso del día el señor a la biblioteca? –La mirada de Miranda brillaba

–No, me parece que no, a menos de que no me hubiera percatado, lo cual es muy poco probable, él estuvo fuera todo el día y regreso casi de noche; cuando lo hizo se fue a su habitación a ver una película, y ya no bajó hasta muy tarde, un momento antes de que llegaran los demás.
Ortega llamó en voz alta a las otras dos empleadas, rompiendo el silencio que imperaba en todo el salón y causó un sobresalto a los familiares que siguieron con la mirada a las dos mujeres que iban presurosas a reunirse con los detectives.

Juana y Luisa confirmaron lo dicho por Pedro, Don Joaquín no había entrado ese día en la biblioteca y sí, la biblia siempre estaba abierta en su lugar, también le dijeron quien había sido la última persona en entrar en ese sitio antes de ese día.

Miranda despidió a los empleados casi con gratitud, después de dar una última indicación a Juana.

Llamó a los demás que fueron entrando con reticencia en la biblioteca, Mauricio y Esteban protestaron, retomando su papel de hombres con dinero y poder, la detective los silenció con un gesto y con estas palabras:

– ¿Qué no desean saber quién asesinó esta noche a su padre?

Espera mas de Rosario Martinez en Revista Latina NC, en su columna “Letras de Rosario”.

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