Por Rosario Martínez

Lucrecia reía a grandes carcajadas cargadas de desenfadada coquetería, era la única que permanecía en la presencia de Don Joaquín, momentos después se dirigió hacia la biblioteca para reunirse con los demás. Caminaba con desenvoltura meneando la cadera con provocación, consciente de la mirada del viejo, disfrutaba sabiéndose admirada. Mientras se contoneaba con garbo, contempló sus uñas, un elaborado y artístico trabajo en el que la manicurista había tardado casi tres horas, con paciencia de santa había ido colocando línea tras línea de esmalte, luego el fijador y finalmente las pequeñas piedras de colores que completaban el diseño.
Tan solo entrar, Abelardo notó con disgusto el porta biblias vacío, él y Joaquín habían recibido desde niños una rigurosa formación religiosa, pero este último parecía haberla olvidado esa noche, se estiró en vano tratando de alcanzar de la parte más alta del librero la elegante y antigua Biblia, “¿A quién se le habrá ocurrido ponerla ahí?” Pensó molesto. Era una reliquia que les habían heredado sus padres. Mauricio y Esteban se encontraban tan absortos en su conversación, que ignoraban sus esfuerzos por apoderarse del voluminoso libro. En ese momento entró Lucrecia, sonrió con una mezcla de diversión y burla ante los intentos de su marido, extendió el brazo y la jaló con fuerza, estaba atrapada entre otros gruesos textos, calculó mal su peso porque una de sus largas uñas se estropeó,
– ¡Ay Abelardo! –Exclamó con enfado – ¡Mira lo que me pasa por andar con tus beatitudes! Abelardo la tomó con reverencia y la colocó abierta. Buscó diestramente el pasaje relativo a la Natividad. Mauricio y Esteban los contemplaban divertidos, su tío alisó cuidadosamente las hojas, la acomodó hasta lograr que quedara perfectamente dispuesta. Luego dirigió su atención a su mujer, tomó las bellas manos de largos y finos dedos extrañamente elegantes en una criatura tan vulgar, las acarició con ternura una y otra vez, deteniéndose compasivo en la uña rota. La llegada de Claudia y Sofía interrumpió la escena. Don Joaquín apetecía algo de beber y reclamaba la presencia de todos en la sala, esto era sin duda una orden del patriarca de la familia.
Claudia se aproximó al mini bar donde estaban las ocho copas de fino cristal de un tono bellamente ahumado que su marido y ella habían dado como regalo a sus suegros la última Nochebuena. A la difunta Doña Paulina le había encantado el detalle de personalizar las copas con las iniciales de los nombres de cada uno de los miembros de la familia; esto lo relataría más tarde Juana a Miranda Bécquer.
Hacía tiempo que había dejado de molestarle el que tuvieran que beber lo que se le ocurría a Don Joaquín, así que Claudia tomó, ante la mirada de curiosidad de los demás por saber cuál sería la bebida en turno, una botella de vino tinto; menos mal que no se le había ocurrido tomar rompope como la última vez, empezó a verterlo con la complaciente mirada de aprobación de los presentes, sin quererlo se escuchó un suspiro de alivio de parte de los caballeros.
Mientras Claudia llenaba las copas se escuchó un gran estruendo, parecía que llovían libros, al quitar la Biblia se habían desequilibrado otros textos y la cultura llovía literalmente dentro de esas paredes. Lucrecia se mantuvo al margen de recogerlos, y se resguardó bajo el marco de la puerta, temerosa de sufrir un nuevo percance en su manicura. Abelardo saltó más rápido de lo que se hubiera creído, alejándose del librero fue ponerse a salvo a un lado de Claudia antes de que un arsenal de ideas y palabras lo aplastara, solo Mauricio, Esteban y Sofía tuvieron compasión de los textos inermes sobre el suelo y se dedicaron a recogerlos y acomodarlos lo mejor que pudieron, ya después verían de hacerlo mejor.

Miranda terminó de arreglarse, se colocó los pendientes en forma de estrella que se había regalado, recordó la fascinación que sintió al contemplarlos en el escaparate, la diminuta turquesa que formaba su centro le recordó que debía tener cuidado al quitárselos y no dejarlos botados donde fuera como acostumbraba hacer con todos los aretes que usaba, esta forma tan desordenada le había costado ya la pérdida de varios de ellos. Se miró ante el espejo y no pudo sonreírse, observó su rostro un momento tratando de encontrar que sentimiento la embargaba. Luego le volteó la espalda.
Momentos después abordaba su camioneta, encendió la calefacción deseosa de recibir un poco de calor que aminorara el entumecimiento de sus manos. Pasó ante la caseta que vigilaba la entrada al exclusivo fraccionamiento dejando atrás el pequeño lago artificial que se iluminaba con reflectores que hacían más azul el agua que brotaba de la fuente y las hermosas fachadas decoradas con luces de colores impecablemente colocadas, los jardines lucían inequívocamente navideños. Eran cerca de las once de la noche, por ser el día que era, había mucho tráfico. Hubiera preferido quedarse en su departamento, leer un buen libro y beber una copa de vino, pero no podía decepcionar a sus padres, después de todo era navidad. Casi no podía recordar ya cuando había sido la última vez que esta fecha le había proporcionado algún momento agradable. Conducía sin prisa, siempre le había gustado más el camino que la meta.
Contestó la llamada de su celular, pensó que serían sus padres, pero se sorprendió cuando vio que era Ortega, así que se había animado a hacerle una llamada social. Era un sujeto parco, poco amistoso y a veces parecía resentido por algo, pero era su compañero, su pareja, su voz, quizás lo más agradable de él sonó en el teléfono –Espero no interrumpir tu cena, pero hay trabajo, tenemos un reporte, un asunto en Fontana Estelar, te veré a la entrada del lugar,
–luego añadió con cierta ironía y vacilación rara en él –parece que los ricos también matan, Detective Bécquer.
Desde que entraron en el amplio salón sintió la presencia de la muerte, aún después de varios años de dedicarse a este trabajo no podía acostumbrarse. Inerte sobre un sillón individual de estilo antiguo estaba el cuerpo de Don Joaquín Valladolid, presidente del grupo Valladolid, lucía con la vulnerabilidad que da la muerte al que toca. Alineados como deseando poner distancia entre ellos y él, su familia evitaba mirarlo como si con esto pretendiera negar su presencia, incómodos con su poco tino de venir a perecer justo en una noche de fiesta y júbilo. Sus dos hijos Mauricio y Esteban estaban de pie junto a la chimenea, Claudia y Sofía, las nueras permanecían sentadas, sostenían en sus manos de dedos largos rematados con sendas y artificiales uñas, pañuelitos inmaculadamente blancos que pretendían enjugar lágrimas inexistentes, su hermano y socio Abelardo se abrazaba a Lucrecia su joven y llamativa mujer que parecía impaciente por dar el asunto por concluido y poder marcharse a disfrutar de un ambiente más alegre y divertido.
Un vistazo les bastó para darse cuenta de que la cena aún permanecía intacta en una espectacular y elegante mesa, como correspondía a personas de tan alto nivel social. Los primeros en arribar a la residencia habían sido Mauricio y Claudia, casi quince minutos después lo hicieron Esteban y Sofía y al final Abelardo y Lucrecia, las demás mujeres opinarían que ésta tardaba demasiado en lograr ese aspecto tan vulgar y llamativo que sin embargo parecía enloquecer tanto a su anciano marido. No habían contratado personal extra para esa noche, sería una velada familiar y estaban como de costumbre Luisa la cocinera, Juana la mujer del servicio y Pedro el mayordomo, cuando pensó en la palabra, Ortega reprimió una sonrisa y recordó una de las frases más clásicas en las películas y relatos de detectives “el mayordomo es el culpable”, Miranda pareció leer su pensamiento, lo miró con el rabillo del ojo y descubrió ese brillo divertido que escasamente aparecía en sus ojos, “¡vaya sujeto insensible el que tengo por compañero”, se dijo en silencio.
Miranda inició su interrogatorio con Claudia, que parecía ser la más afectada.
–Nos dirigíamos a cenar cuando comenzó a respirar agitadamente, ¡se estaba asfixiando, parecía que no podía moverse! –Claudia relataba con voz opaca de angustia la agonía del anciano, sus ojos grises miraban fijamente a un punto inexistente –le ayudé a sentarse de nuevo en el sillón, luego se desvaneció, sus labios y cara tomaron un tinte azulado, de repente se quedó quieto y dejó caer la cabeza a un lado, llamamos al Doctor Arenívar, y nos dijo –aquí la voz de Claudia se interrumpió en un acceso de llanto, Mauricio se le acercó y poniendo una mano sobre el hombro ejerció presión sin lugar a dudas por la forma en que sus dedos se arqueaban y hundían en la suave tela del vestido de seda color beige, con voz autoritaria dijo a su mujer –¡contrólate Claudia! –la joven se cubrió la cara con ambas manos y sollozó con más fuerza, Miranda no pudo menos que fijarse en sus manos, tan bellas y elegantes que podrían ser de una modelo de joyería.
–Mi padre está muerto, no sabemos más, si quieren detalles hablen con el Doctor Arenívar está en el despacho –Mauricio miró con enojo a Miranda, ésta le sostuvo la mirada, luego se dirigió al despacho precedida por el propio Mauricio, ahí encontró al médico inclinado sobre un gran escritorio, parecía sumamente concentrado en su escritura sin embargo su voz se escuchó claramente cuando habló:
–Veneno, los síntomas son de envenenamiento –dijo parcamente sin esperar a que se le formulara ninguna pregunta y sin voltear a verla.
–Más tarde se lo podrán confirmar cuando se le practique la autopsia, pero puede apostar doble contra sencillo que el hombre fue envenado. Minutos después de llenar el certificado de defunción el médico abandonó la residencia, no sin antes dar cortésmente el pésame a los deudos, después de todo ya no había nada más que él pudiera hacer. Ortega se había encargado de interrogar a la familia, todos coincidían en que solo llevaban poco más de media hora en la mansión cuando Don Joaquín comenzó a sentirse mal. Sus dos hijos se habían dirigido a la biblioteca al llegar, después de saludar a su padre, al poco rato se les había unido su tío Abelardo, parecía molesto por algo, aunque trataba de disimularlo, las tres mujeres habían estado conversando en el salón, haciendo compañía al anciano, lo habían dejado un momento solo con Lucrecia, porque Sofía y Claudia habían ido al tocador, más tarde ésta última a petición del anciano se dirigió hacia la Biblioteca a cumplir con el encargo del dueño de la mansión

–No señor yo no me moví de la puerta del comedor, la que conecta con la sala, a Don Joaquín que en paz descanse, –La mujer se santiguó mecánicamente –le gustaba que siempre estuviera al pendiente de todo por si se le ofrecía algo, siempre ha sido así, bueno era, agregó en un tono extraño como si le diera lo mismo el pasado que el presente, sobre todo desde que murió la difuntita Doña Paulina –un dejo de afectación permeó en la voz de la empleada, y ni la Señora Lucrecia, –hizo un imperceptible gesto de disgusto al mencionarla, –ni las señoras Sofía y Claudia se acercaron al señor, de eso estoy segura.
Ortega la interrumpió –Pero en algún momento voltearía usted a otra parte, acomodaría algún cubierto, algún detalle de la mesa que no le agradara como quedó, tal vez Pedro la llamó, Juana lo vio sin comprender, o este joven era sordo o de plano no conocía bien al difunto patrón, lo miró como disculpándolo, por supuesto debía ser esto último –no señor ya le dije que al señor le gustaba que yo estuviera pendiente de él por si algo se le pudiera ofrecer, y le repito una vez más, ninguna de las personas que están aquí se acercaron a él, los señores se fueron al despacho, y las señoras ya le he contado lo que hicieron.
–¿Comió o bebió algo el señor en la última hora? lo que sea por insignificante que parezca, trate de recordarlo, –la apremió Miranda. Juana pareció sentir desconfianza ante esta señorita, “quesque policía que les da el veinte y las malas a todas las damas de la residencia y a muchas de las que han estado en esta casa, esta sí que es de a deveras fina, no entiendo como alguien así anda husmeando en asuntos ajenos y menos de familias bien” todos estos pensamientos se reflejaron en su gesto de desaprobación, pero contestó respetuosamente a la dama que hacía la pregunta.
–No señorita, lo único que el patrón bebió fue el vino que yo misma le traje, eso fue cuando los siete se reunieron aquí en la sala, pero todos estaban tal como ustedes los encontraron, –de pronto el rostro de la mujer mostró una señal de alarma y una nota de angustia vibró en su voz de mujer vieja.
–No pensaran ustedes que yo le hice algo malo al señor. –Empezó a estrujarse las manos y sus dedos crujían cuando los tronaba presa del nerviosismo, Miranda y Ortega usaron de toda su elocuencia para lograr tranquilizarla y la mandaron con Pedro para que este se hiciera cargo de ella.
–Debió estar en el vino –dijo Ortega. Bécquer asintió. (Continuará…)

Espera mas de Rosario Martinez en Revista Latina NC, en su columna “Las Letras de Rosario”.

#revistalatinanc #libros #librosenespañol #literatura #librosrecomendados #librosespañol #español #librosautorlatino #libro #librosfavoritos #quelibrosleer #librosparaleer #escritoralatina #escritoramexicana #mexico #rosariomartinez #librosparajovenes #cuentos #elultimoenlafila #asesinatoennavidad

Libros de venta en Amazon.

ALUZIA & SOMBRÍA, novela infantil corta: relinks.me/B074RTM2D2

CAMBIO DE ESTACIONES novela corta: relinks.me/B07F5YX3YL

Sharing is caring!