—No me gusta cómo se te ven esos anteojos. —dijo la madre de Enrique al verlo llegar esa tarde a su casa de visita.

Llegó, como todos los domingos, pasadas las dos, lo suficientemente tarde para perderse el almuerzo y no tan cerca de la noche evitando tener que improvisar algún pretexto para no quedarse a cenar. Se quitó los anteojos y los posó junto a las llaves del auto en la mesita del pasillo, no lo hizo por darle gusto a su madre, sino porque decidió que era mejor no tener la vista tan aguda cuando ella vestía esa bata de casa que atentaba contra las reglas de “pararse a contraluz”.

—¡Déjalo tranquilo mujer! —exclamó Nicolás, su padre, sin abandonar su posición perenne en el sofá de la televisión.

—Hola papá —lo saludó Enrique, seguido del ritual que acostumbraban ambos, padre e hijo, de sentarse en la salita de la televisión a analizar todos los eventos deportivos de la semana.

—¿Ya estás listo para mí? —preguntó Luisa al cabo de una media hora, cubriéndose con un chal de color rosa pálido, y dirigiéndose hacia el estadero de atrás de la casa.

—Si mamá. —respondió Enrique tomando como ya era costumbre, la libreta tamaño carta y el bolígrafo de su bolsillo. —Estoy listo.

Querida Rosa:
Hace dos días me di cuenta que el árbol de aguacates del patio ya no está dando frutos. Yo te aseguro que seguí todas tus indicaciones, pero no tengo la misma mano que tú tienes con las plantas, siempre has sido muy buena con eso, desde que éramos niñas, pero a mí no sé por qué no se me da.

Al terminar el dictado, Luisa se aseguró de que la carta estuviera bien doblada, dentro del sobre respectivamente diligenciado y con una de las estampillas que ella mantenía siempre en la gaveta. Se las compraba cada lunes al muchacho de la tienda cuando iba a buscar el queso fresco, no sin quejarse del costo de las mismas para ser un pedacito de papel. —Debe ser porque ahora ya se pegan solas y no hay que lamerlas. —se convencía, pero no le gustaba.

Guardando la carta en el bolsillo de su chaqueta, Enrique se despidió de sus padres y del ritual dominical cuando el reloj dio las cinco.

Querida Rosa:
Espero que no estés molesta conmigo por lo del árbol de aguacates. El martes le pregunté al jardinero de la vecina de al frente si había algo que pudiera hacer, me dijo que no es temporada y que debemos esperar hasta agosto. Menos mal, yo pensé que se había echado a perder por mi culpa.

Enrique no se consideraba un hombre solitario, pese a lo que decían sus compañeros de la oficina, constantemente cuestionando la falta de una novia o criticando que nunca se le veía presente en los eventos sociales del trabajo. Los días de la semana transcurrían como rituales, de 8 a 5 en el trabajo, noches de documentales en la televisión y programas deportivos. No veía noticieros, le causaban ansiedad. Sábados de biblioteca y los domingos la rutina usual en casa de sus padres, los mismos temas de conversación y un nuevo dictado.

Querida Rosa:
La última vez que hablamos por teléfono noté tu voz un poco cortante, me dijiste que estabas con gripe y yo, para variar te caí encima con recomendaciones que ni yo misma sigo al pie de la letra. Ya me conoces, quien sabe si cambiaré algún día, pero qué más da, todos tenemos defectos. Deberíamos hablar nuevamente.

—Enrique… ¿hace cuanto que no sales de vacaciones?

—No sé, papá, no llevo la cuenta —respondió inquieto. —¿Por qué lo preguntas?

—Bueno hijo es que yo puedo estar muy callado y en mi mundo, pero me doy cuenta de más cosas de las que tú te imaginas, yo observo.

—Estoy bien, papá —insistió Enrique. Nicolás se conformó con la respuesta.

Querida Rosa:
He decidido pedirle a Enrique y a Nico que me ayuden a buscar la máquina de coser que guardé hace tantos años en el garaje. Pienso que me hace falta un pasatiempo, y si mal no recuerdo no me iba muy mal con esto de la costura ¿Recuerdas que te ayudé a arreglar tu vestido de novia? En el almacén del centro venden unas telas muy lindas, voy a comprar unas y te haré una blusa, pero debes pasar por aquí ya que hace mucho que no te tomo las medidas.

—Hijo, quédate a cenar que preparé la carne con papas que te gusta. —dijo su madre al terminar el dictado, pero Enrique recicló uno de sus tantos pretextos, tomó la carta y se marchó a las cinco.

Querida Rosa:
No pude encontrar la máquina de coser, ese garaje es un desastre y a decir verdad ya estamos viejos y el físico no nos da para estar arreglando todo, tu sabes… la ciática. Pero no te preocupes que no todo es malas noticias. ¡Tenemos aguacates! Te guardaré unos cuantos para cuando vengas.

Esa tarde Enrique decidió dejar el auto en casa de sus padres y caminar a su apartamento, eran unas cuantas cuadras nada más y necesitaba distraer su mente «tratar de no pensar», pero era imposible, lo invadió la imagen del garaje lleno de cajas cubiertas de polvo y llenas de recuerdos, de la máquina de coser que hace años fue regalada, tenía fijado en su mente el rostro de su padre y su habilidad para pretender que todo estaba igual. ¿Cómo lo lograba su padre? ¿Cómo lo estaba logrando él mismo? Se sintió como un mentiroso, buscando consuelo en las recomendaciones del médico, en la importancia de no causarle pensamientos estresantes a su madre, no forzarla a recordar, por su propio bien.

Siguió caminando, respiró de una bocanada el aire de los árboles al pasar junto al parque, a ver si así lograba quitarse de la nariz el olor a la tercera cosecha de aguacates que ya comenzaba a podrirse. Otra vez esos malditos aguacates.

Entró a su apartamento y dejó que la puerta se cerrara detrás, se quitó los anteojos y los guardó con cuidado en el cajón. Sacó del bolsillo de su chaqueta la correspondencia más reciente y la colocó sobre las demás, se dio cuenta que ya no sabía cuántas cartas yacían apiladas en esa mesita desde la muerte de la tía Rosa, había perdido la cuenta.

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