Tengo miedo, la calle está sola y silenciosa luego de tanto bullicio. Los niños iban disfrazados como vampiros, brujas, monstruos y personajes de películas de terror, es noche de Halloween, un festejo un tanto macabro, pero divertido. Me preparé con tiempo comprando los dulces que piden gritando a coro: ¡dulce o truco!

Pareciera que el vecindario está desierto, ni siquiera circulan coches. La Luna, esa gran traidora juega con mi miedo, sale y se oculta tras unas nubes intermitentemente, parece querer brindarme luz sólo para que mis ojos contemplen su horrenda silueta y luego se oculta impidiéndome ver dónde está.

Estoy sola, mi esposo ha ido a visitar a su madre. Me siento incrédula por los eventos acontecidos. Estoy atrincherada en la recámara superior, la que da a la calle, tiene un gran ventanal con un balcón donde percibo su terrible presencia, aún no me explico cómo escaló, la pared es lisa.

  Siento pánico al recordar que la casa no tiene rejas en puertas y ventanas. Me sentía segura, vivo en un fraccionamiento privado. En la caseta de acceso hay guardias día y noche. Aun así, él logró meterse. Desentonaba con los chiquillos, aunque trataba de confundirse en el grupo. Su calabaza anaranjada estaba vacía. Noté a la luz de la Luna, asomando debajo de su disfraz, un largo batín negro harapiento y deshilachado, unos pies que parecían putrefactos.  Sentí náusea, debió notar como contenía mi arcada, porque en sus ojos enrojecidos carentes de vida, vi cómo se alternaba una mirada de odio intenso y una adoración demencial. No hizo nada amenazador, esperó su turno al final de la fila ante mi puerta semi abierta, que dejaba ver en la penumbra la soledad de mi casa y al fondo la puerta de vidrio. Incapaz de resistir la náusea, di los dulces al último niño, cerré la puerta en su nariz, su olor nauseabundo me asqueó y corrí al baño a vomitar.

  Espíe entre las cortinas de la ventana, no vi a nadie, suspiré aliviada, iba a retirarme cuando reprimí un grito de terror, frente a mi cara estaba su rostro embozado bajo una capucha. De puntitas, sintiendo el golpeteo enfurecido de mi corazón dentro del pecho y las manos heladas, me dirigí hasta la puerta trasera y eché el pasador, entonces escuché unos pasos sigilosos aproximándose, supe por el olor a decrepitud que se trataba de él.

Corrí hasta el teléfono, iba descalza, lo que me ocasionó un resbalón y caí lastimándome un tobillo. Aterrorizada me percaté de que estaba desconectado, ¡tenía que haber sido él! Lo oí rasguñar sobre la puerta de vidrio, salí de prisa por la del frente. Me dirigía a la caseta a pedir ayuda al guardia.

  Di un alarido lleno de angustia y pavor, colgando sobre el brazo mecánico de la entrada estaba el cuerpo decapitado del hombre, un charco de sangre se formaba lentamente en la calle.  Grité pidiendo auxilio, pero nadie respondió, ni siquiera los perros ladraron como hacían siempre que escuchaban ruidos por la noche. Las residencias están muy alejadas unas de otras, nadie pareció escuchar, o tal vez no quisieron ayudarme. Prefirieron que el espantajo estuviera rondando mi hogar y no el de ellos.

Corrí ansiosamente de regreso a la casa, mientras la sombra del ente se alargaba con la luz de la Luna, él estaba a punto de dar vuelta a la esquina de la casa donde está la puerta principal, logré entrar instantes antes de que me diera alcance. Me recargué desfalleciente contra la puerta tratando de impedir que entrara, sólo la arañó y escuché una especie de voz ronca pidiendo dulces. Casi solté una carcajada histérica, ¡pedía los dulces que no le había entregado! En penumbras fui hasta la cocina, rebusqué en los anaqueles hasta que di con unos dulces viejos y duros. Con las manos temblorosas por el pavor regresé a la ventana del frente, corrí las cortinas mostrándoselos, empezó a babear golpeando la ventana, abrí la puerta arrojándolos tan lejos como pude. Mientras iba a recogerlos noté que cojeaba y esto le hacía caminar muy despacio, después de levantarlos señaló la puerta con una mano casi descarnada, ¡el muy infame pretendía entrar! Horrorizada la cerré, coloqué el librero y el refrigerador frente a cada una de las puertas, sin saber que más hacer subí las escaleras temblando de miedo.

  Cuando llegué arriba me negué a creer que su silueta encapuchada se destacara contra la cortina, casi llorando me di cuenta ¡qué estaba en el balcón! Me escondí sentándome contra la pared recogiendo mis piernas, lanzaba miradas llenas de espanto hacia el balcón y pude ver que el ente empezó a comer sus dulces, babeando. De vez en cuando tocaba la ventana y me ofrecía golosinas de sus manos putrefactas como si pudiera verme. A gatas, llegué hasta mi celular, llamé a la policía. Hablaba en susurros para que no oyera la criatura cuya figura se adivinaba tras la cortina, parecieron no creerme, pero ante el pánico que se percibía en mi voz quedaron de ir a investigar.

Me asomé, no estaba, entonces oí el ruido del vidrio de la puerta trasera quebrándose, me paralicé, él subía lentamente. Salí, casi caigo del balcón al tropezar con la cabeza amoratada del guardia. Temblando contemplé hacia abajo, al jardín. Golpeaba la puerta de la recámara. Escuché el sonido de sirenas. En el momento que asomó su cara de zombi por entre el hueco astillado que había hecho, brinqué. Caí quebrándome una pierna, esperaba lo peor, entonces vi las luces rojas y azules de la patrulla acercándose.

  Desapareció sin dejar huella, lo buscaron en la casa, en los alrededores. Los vecinos dicen no haberme oído gritar ni haberlo visto pidiendo dulces con sus hijos. Ahora soy sospechosa de asesinato, ¡sé que estuvo aquí! Recuerdo lo que me dijo con su sonrisa putrefacta mientras permanecía tirada en el jardín: “volveré por ti”. Temo ir a la cárcel, pero temo más que cumpla su amenaza.

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Rosario Martinez

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