Amanecía el verano. El viento rizaba con ráfagas enérgicas la bandera y el sol la teñía con sus más radiantes tonos. El águila audaz sacudió las alas, giró a un lado y otro la orgullosa cabeza, entornó los ojos y atisbó la inmensidad del horizonte. Levantó el vuelo y se desprendió del lienzo donde estaba perennemente estampada. La bandera la vio partir sabiendo que volvería.

Gozosa, trémula, aventurera, el águila voló. Abarcando en su vuelo todo el territorio nacional y se dio un festín de patria, gente y sueños.

Descubrió en su viaje que el color del oro se tornaba en otro según su ruta. Había oro verde en las selvas exuberantes, cálidas y húmedas; verde oscuro en los bosques eternos, huéspedes inseparables de los gigantes de piedra inmersos en aire; verde rural en sus campos; dulce verde en sus cosechas.

Llegó al oro azul de sus inmensos mares, riberas de costas doradas, frescura líquida. Contempló las montañas adornadas con cintas de cristalinos descensos. Los lagos eran reflejos celestes y refrescó su plumaje en la suave caricia del agua, ligera, elegante, continuó su vuelo. Encontró oro negro en los pozos de petróleo, extraído a la fuerza del interior de su entraña. Negras también las bocas abiertas, repletas de oscuridad de sus enriquecidas minas, agujeros insondables que a veces cobraban caro a quien se atrevía a arrancarles su prenda mineral.

El águila paró, se detuvo repentinamente, ojeó con mirada alerta, movimientos rápidos y nerviosos la sacudían, ¡su intensa mirada penetraba en la historia! Y su corazón se agitó, permaneció con las alas desplegadas, suspendida contra la dilatada extensión azul del cielo. Abajo, muy abajo, sobre la tierra húmeda, generosa, fértil ó yerma, seca, estéril. Tierra enorme, distendida, remota en el tiempo y en la distancia, había oro, mucho oro, pero era: ¡Rojo! Huella, testimonio de luchas y guerras forzadas por anhelos legítimos, individuales y colectivos, de libertad, justicia e igualdad.

Encontró el encarnado oro regado en todas las épocas y lugares. Abatida, inclinó la cabeza y se precipitó en picada. Caía, caía, herida su alma, entonces desplegó las alas buscando donde refugiarse y se contempló a sí misma, legendaria, posada sobre un nopal señalando la tierra prometida. Reconoció a los mexicas peregrinos al llegar a su islote en el lago, los vio fundar su gran ciudad: Tenochtitlan. Testificó su lucha contra los “monstruos de hierro”, su derrota ante los cañones, armas y alianzas de los conquistadores.

Presenció emocionada el alumbramiento de los primeros mestizos, hijos con madre pero carentes de padre. El avance español hacia el indómito, vasto y desértico norte. Sobrevoló los reales de minas, misiones y presidios. Acompañó carretas cargadas de oro y plata en su camino real hacia los puertos de embarque rumbo a la “madre patria”.

Y llegó a la Colonia, con sus virreyes peninsulares, destruyendo ídolos, templos y edificando iglesias, palacios y casas. Observó a los criollos, mestizos e indígenas, la amalgama de costumbres, tradiciones, arte y razas; de nuevo el águila asistió a otro nacimiento: El de nuestra nación.

En adelante enfrentaría fuertes vientos, veleidosos, históricos, que la harían revolotear, cambiar su postura una y otra vez. En ocasiones coronada, con las alas abiertas, cerradas, de frente, de perfil, a veces con la serpiente o sin ésta pero sólo variaba su posición su esencia era la misma, siempre simbólica, siempre emblemática.

Parada sobre el campanario cerró las alas, irguió la cabeza y escuchó solemnemente el tañer de la campana de Dolores. Repicada por un hombre con larga sotana oscura, de ojos e ideas claras, sintió en el pecho el golpe rítmico de las ondas sonoras que se hacían eco de los latidos de su corazón; preludio y principio de la lucha por la independencia, mucho oro rojo y un inmenso anhelo de libertad.

Después los intentos de organización de un país en desastre, luego la dolorosa pérdida, tierra mutilada, fraccionada, dividida, partida.

El águila reformista y liberal siguió en vuelo a un carruaje solitario, austero, donde un indígena de Oaxaca viajaba rumbo al norte con la república en custodia. Respiró el polvo del camino entremezclado con toda la entereza, fuerza y valor que emanaban de su distinguido ocupante, ahí dentro iba un patriota.

Tiempo después un dictador secuestraría el poder político por más de treinta años, en ese tiempo se haría enorme la brecha entre los que mucho tienen y los que nada poseen. El águila presenció otra lucha más. Sus alas se estremecían, su mirada llena de angustia se empañaba con las visiones del pasado; la revolución y sus ferrocarriles. El águila aleteó al ritmo de sus corridos, recordó a sus caudillos, el triunfo, sus logros: la constitución y sus instituciones, pero era mucho oro rojo lo que esto había dejado.

Humedad salada brotó de sus ojos y cayó vertiginosamente hasta la tierra, donde se desintegró en cientos de partículas mezclándose con la sangre. Luego el águila se elevó en un impresionante y rápido ascenso, ¡subía, subía! Encolerizada, adolorida, intrépida, y vio a su patria, a México, tres sílabas, tres raíces confluyendo en una sola raza, la mestiza, la morena, la heredera, la de todos; tres colores, tres elementos formando un estado, tres poderes y un gobierno.

El oro se humanizó, tornó a bronce ¡su más valioso color! Entonces observó a la gente trabajando, amando, llorando, riendo. Su vuelo se serenó. Extendió las alas y planeó sobre la abigarrada y palpitante ciudad. Un rayo inmenso de luz la deslumbró, nítido aún en la claridad del mediodía, entrecerró los ojos, ajustó sus pupilas y siguió casi a ciegas su gran resplandor y llegó… a la escuela. En las aulas, bibliotecas y patios encontró el rostro puro y noble de la educación, la laica, la gratuita y por supuesto a los maestros ocupados con los niños, con los jóvenes, se reconfortó y la esperanza la invadió, compartió sus estudios y sus risas.

El águila se mecía dulcemente con el suave y tibio viento del estío, descendía con vaivenes de emoción. Descansó en lo más alto del asta bandera y se puso a soñar envuelta en el bullicio infantil, en que no hubiera campesinos de ojos tristes y rostros surcados escurriendo sudor y lágrimas; ni indígenas con hambre decorando placas y postales turísticas; ni hombres y mujeres sin empleo; ni un río separando a los hijos de sus padres y a los padres de sus hijos.

¡Águila soñadora, águila peregrina, águila mexicana, has vuelto a tu escudo, a tu bandera! Reposa perfilada sobre el nopal, despliega tus alas, lucha por tus sueños, respira la frescura húmeda de tu lago. Combate a la serpiente de la ignorancia, de la injusticia, del hambre y la pobreza, recuerda que los laureles son ceñidos por los victoriosos. Aletea vigorosamente en todo México, resguardada al abrigo de seis jóvenes corazones cuando desfilas majestuosa escoltada ante tu gente. Escucha con emoción el himno nacional, el juramento sincero de los jóvenes y niños de tu país y cuenta, susurra al viento en cada ondulado movimiento que despliegues, lo que viste ayer, lo que hoy has visto, lo que anhelas ver mañana, ¡inspira, contagia a los mexicanos de tu festín de patria, gente y sueños!

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Los saludo con mucho gusto y los invito a seguir asiduamente esta interesante Revista, creada por latinos para latinos, quienes somos gente de lucha, con valores y deseos de superación; por lo que estoy segura que día con día nos preparamos para ser mejores estudiantes, empleados y/o profesionistas, con el propósito de desempeñar nuestras labores con eficiencia y profesionalismo. Somos herederos de grandes culturas precolombinas, de un idioma que nos hermana y nos une: El español, gracias a esta lengua común podemos hablar, escuchar, leer, cantar, escribir historias, soñar, en pocas palabras: comunicarnos de forma eficaz.

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Rosario Martinez

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