Phoenix (AZ), 29 jul (EFEUSA).- El “enojo” por las duras políticas migratorias estadounidenses unió a un grupo de mujeres de Texas que no se conocían previamente y deseaban hacer algo por los inmigrantes, las cuales poco más de un año después siguen volcadas en ayudarles y han recibido un importante premio por su labor.
Las “Tías y Abuelas Enojadas del Valle del Río Grande” dedican su tiempo libre a llevar alimentos y consuelo a las familias que llegan a la frontera entre Estados Unidos y México, para lo cual cuentan con el respaldo económico de un patrocinador.
Antes los inmigrantes esperaban en campamentos o cruzaban la frontera sin importarles arriesgar sus vidas, “ahora sus necesidades han cambiado y he visto el desánimo en sus rostros cuando ven regresar a cientos de ellos que son repatriados al negárseles el asilo político”, dice a Efe Elisa Filippone, una de las integrantes del grupo.
El desánimo no hace mella en el grupo, que a principios de junio recibió la distinción Robert F. Kennedy Human Rights Award, algo que les tomó por “sorpresa” y les anima a seguir con su labor.
“Nosotras ni nos conocíamos, pero las noticias nos alertaron sobre la presencia de inmigrantes a las afueras del Puente Reynosa y las centrales de autobuses, y varias mujeres nos armamos con hieleras y fuimos a ayudarlos, fue así como iniciamos con este grupo de apoyo”, comentó Filippone.
Cuando se formó el grupo eran cinco mujeres y ahora son ocho oficiales y dos voluntarias.
Somos “muy diversas, algunas anglosajonas, hay una suiza naturalizada, cuatro latinas y nos comunicamos por chat, no nos conocemos muy bien, yo soy la única en Brownsville, pero esta causa nos une y nos hace evolucionar’, destacó Filippone.
Jennifer Harburry y Nayelly Barrios se ocupan de Puente Reynosa; Joyce Hamilton de la estación camionera de Harlingen; Susan Law y Elizabeth Cavazos de la central camionera de McAllen; Madeleine Sandefur de los centros de detención. y Cindy Candia de puente de Roma, dice Filippone, que atiende los Puentes Brownsville, la frontera con Matamoros y la central camionera de Brownsville.
Algunas van a las estaciones de autobuses de McAllen, Brownsville o Harlingen por períodos de al menos tres días o más para ayudar a los migrantes con sus boletos de autobús, orientarlos en su travesía por Estados Unidos y en ocasiones les dan 40 dólares para el viaje.
Otras van a los puentes fronterizos de Texas para llevar alimentos y comida preparada, productos higiénicos, ropa, colchonetas, casas de campaña, medicamentos y preservativos.
Filippone empezó ayudando a inmigrantes abandonados en la central de autobuses, fue así como los empleados de Greyhound le llamaban cuando había necesidad. “Me volví encargada de esa área”, dice con orgullo.
“Luego llegaron más voluntarios, porque el número de inmigrantes crecía, llegamos a ver 350 personas diarias, fue cuando la ciudad de Brownsville intervino con los albergues ante esta crisis”, detalló.
Cuando vio que más personas acudían a ayudar a los inmigrantes a la central de autobuses, decidió irse a los puentes fronterizos, donde los inmigrantes formaron campamentos de lado mexicano y donde existe una “pequeña comunidad centroamericana”.
El calor de julio no detiene a Filippone, quien acude semanalmente a visitar a los inmigrantes en esos campamentos improvisados.
“Tuvieron que establecer campamentos a las faldas de los puentes porque los albergues estaban a toda su capacidad, les llevamos lonas, cobijas, tiendas de campaña y aun así, dos veces las autoridades les desmantelaron sus campamentos, donde se perdieron calentadores, ventiladores y varias pertenencias”, rememoró.
Por varios días no sabíamos dónde estaban los inmigrantes, añadió, por el temor se dispersaron y dijo que ahora solo quedan solo algunas decenas en Puente Viejo y Puente Nuevo.
“Ahora les llevo comida no perecedera, aunque lo que más requieren en este momento es asesoría legal, están muy desinformados”, comentó.
A Filippone no le gusta involucrarse en las historias de tragedia y dolor, prefiere que la ubiquen como “la señora que lleva los tacos”, así cuando llega a casa no la invade la tristeza por las “duras” vivencias de los inmigrantes.
“Me ha tocado verlos morir, me tocó conocer al padre y su hija que se ahogaron, les llevaban tacos, por eso intento no engancharme en la conversación, pero quieras o no vas ubicando los rostros, me aprendí el nombre de la niña, su carita”.
Está convencida que la muerte del salvadoreño Óscar Alberto Martínez, de 25 años, y su pequeña hija Valeria, de tan solo 23 meses, quienes aparecieron flotando boca abajo en la orilla del Río Bravo a fines de junio, es el reflejo de la crisis humanitaria que están padeciendo los inmigrantes.
El grupo de tías y abuelas acaba de mandar 10.000 dólares a un albergue de Matamoros, porque la inmigración va de regreso y necesitan atenderlos en México,
“Esas 350 personas que veíamos diariamente en la estación de autobuses de McAllen y Brownsville ahora están de regreso en Matamoros”, dijo.

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