Querétaro (México), 29 jul (EFE).- En magnas extensiones de tierra despoblada aparecen por doquier cientos, si no es que miles de plantas de la vid que con sus racimos de uva han convertido al central estado mexicano de Querétaro en un edén de vinos nacionales.

A los costados de estrechas carreteras de un puñado de municipios de Querétaro, las dulces frutas dan vida a vinos tintos, blancos, rosados y espumosos, todos orgullosamente mexicanos.

Pese a que actividad se inició hace no más de 30 años en el estado, la treintena de viñedos, en su mayoría familiares, de esta tierra de microclimas han logrado posicionar a Querétaro como el segundo productor de vino en México (después de Baja California) y lo han hecho con un secreto: tratar a la vid y a su producto como un hijo.

“El vino es un ser viviente, así como uno nace y va creciendo. Se parece al hijo, si desde chico lleva buena dirección te va a dar buenos resultados”, afirma Alberto Rodríguez González, fundador de la vinícola Santiago Apóstol.

Desde los municipios de Cadereyta, San Juan del Río, Tequisquiapan, Ezequiel Montes, Colón, Huimilpan y El Marqués surgen cada año 3,5 millones de botellas de vinos desde jóvenes hasta añejos, dulces o secos, de 180 etiquetas.

Todos cargan a cuestas una historia personal, familiar y empresarial que se ha construido con pasión, inteligencia y tiempo en las 500 hectáreas sembradas con vid.

“El vino desde que nace tienes que dirigirlo. Uno se va identificando desde cuando plantas. Es toda una vida y un conjunto en la familia”, agrega Alberto, rodeado de su esposa, hijos y las barricas donde reposan sus vinos en su compañía fundada hace 20 años.

En la vendimia, la época de cosecha, realizan el despalillado y estrujado, fermentación alcohólica, prensa, fermentación maloláctica, trasiego, clarificación, enfriado, embotellado y envejecimiento en botella.

Sin embargo, más allá de la metodología, transmiten la esencia de su pueblo: paciencia y pasión que aplican las principales vinícolas, como De Cote, La Terquedad, Cava 57, Donato, Z, Finca Sala Vivé, Amazcala, Hacienda Atongo, San Juanito, Tierra de Alonso, Del Marqués y Azteca, entre otras.

“Un vino queretano se cata con orgullo, se siente calidad en el paladar, pasión y amor de lo que se hace en cada proyecto”, describe el gerente y sommelier de la Asociación de Vitivinicultores de Querétaro, Fernando Guerra Cardozo.

La producción de vid a 1.900 metros sobre el nivel del mar y el ímpetu en su elaboración han dado frutos. En los últimos dos años (2018-2019) la región obtuvo 40 medallas por la calidad de sus vinos.

Entre la larga lista de galardones se cuentan una Medalla de Oro en el Concurso Mundial de Bruselas 2018, llevado a cabo en Pekín, China, nueve Medallas Gran Oro en el Mexico Selection 2018, y Medalla de Oro y cinco de Plata en el Concurso Mundial de Bruselas 2019 en Aigle, Suiza.

“Se trata de proyectos pequeños y grandes industrias, y en todos lo que queremos que se sientan la calidad y la pasión por lo que hacemos y por nuestra tierra “, afirma Guerra.

En las bodegas de gran altura y extensión, los tanques de fermentación, las prensas, las despalilladoras y los laboratorios se respira olor a campo y producto de la vid.

Uno más de sus éxitos es haber logrado que el 80 % de su producción sea consumida por población nacional con orgullo y la proporción restante se vaya a Japón, Estados Unidos, España, Francia y Argentina.

“Las personas de esta región son muy acogedoras; son personas que te reciben y el vino queretano puede decir lo mismo”, describe Javier Jurado Limón, chef ejecutivo del restaurante K’puchinos, en cuya carta 99 % de los vinos son locales.

Desde que el comensal llega a una mesa tiene ante sí una vasta recomendación de vinos que logran un maridaje con la barbacoa de borrego, las carnitas de cerdo, los chicharrones de res y las gorditas martajadas de maíz, platillos típicos.

Jurado, un entusiasta promotor de los viñedos, afirma que hay producción de vinos blancos con uvas tradicionales como chardonnay, viognier y le blanc; además de tintos con uva tempranillo y merlot.

“Hay viñedos chicos con producción muy limitada, pero eso hace que el proceso de calidad sea extraordinario, por lo cual hay acceso a vinos de gran reserva”, señala.

Y ese éxito en la producción de la vid va de la mano con el turismo, que cada fin de semana recorre la llamada Ruta del Vino y del Queso, un camino por las bodegas de vino que abren sus puertas y los ranchos ganaderos que elaboran productos lácteos de calidad certificada.

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